Esto me pasa por intentar hacerme la graciosa. Ay, los vómitos, qué ocurrente. Pues llega el karma y se toma su venganza. Ni fría ni leches, bien calentita.
El sábado, después de cenar pizza para deleite de mi Chicote ( y del pequeño, que sigue sin comer
pero roía los bordes como un ratoncillo) y acostarnos, empezó el espectáculo. El niño comienza a retorcerse en sueños. Le duele la tripa, dice. Se despierta. Llora. Le siento en el váter, le hago masajitos. Nada, sigue sollozando. Cuando parece que se calma un poco y se queda frito, su cabecita pegada a la mía, una arcada le hace incorporarse y sale la primera remesa. Lo cojo en volandas y lo pongo en el suelo. Cuando veo lo que sigue saliendo de esa boquita me arrepiento. Ahora tengo que cambiar las sábanas, funda del colchón y lavar cortinas y barrera de la cama. Y, ¿qué es lo que tengo en el pelo? Sí, tropezones. Nada, a lavarme la melena a las tres de la mañana.
La escena se repite otras cuatro veces. Mi niño está hecho un asco, aunque se empeña en asegurar que no está malito, solo ha "gomitado". A las cuatro y media comienzo yo. Menos mal que tengo mejor puntería y soy capaz de llegar al baño las tres veces.
A las seis de la mañana, después de poner dos lavadoras, lavarme el pelo en el lavabo porque en la bañera está la barrera de la cama, fregar el suelo y tratar de echar un sueñecito con un ojo abierto por si a mi Chicote le diera por vomitar otra vez, decido que nunca más comeré pizza. Mi teoría de la expansión de la comida es cierta. En los dos pedazos que se comió mi hijo NO había tres docenas de aceitunas negras, que son las que he recogido yo del suelo.
El domingo amanecemos hechos un asco. Sobre todo yo, que los años no perdonan y cuesta más recuperarse. He descubierto una ventaja de tener hijos varones: no hay que sujetarles el pelo mientras vomitan. El Padre de las Criaturas comienza a pensar que nuestros virus estomacales son una confabulación Judeo-masónica para no irnos de viaje a su tierra. Con las ganas que tengo yo de visitar a su enorme familia...
De todo se sale y tras una noche de sueño profundo y la inestimable colaboración del ya citado Padre, que baña a las criaturas sin despertarme y se encarga hasta de descolgar las cortinas, el lunes pudimos salir de viaje. No vomitamos ni una vez en casi seiscientos kilómetros de camino. Eso sí, el Padre amaneció el martes con el estómago del revés....
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jueves, 24 de marzo de 2016
sábado, 19 de marzo de 2016
Los vómitos
De entre las pequeñas enfermedades que los niños pasan varias veces al año, quizá una de las más molestas sea la gastroenteritis. Más que la gastroenteritis en sí, los vómitos.
De esas boquitas preciosas y diminutas salen disparados vómitos de olor nauseabundo y peor pinta. A chorro. En todas direcciones. Como si no hubiera un mañana.
Si estás de suerte el niño (bebé en este caso) será un lactante y los vómitos se presentarán blanquecinos con olor a leche cortada no del todo desagradable. Si el niño es tragón y ya ha comenzado la AC prepárate para recoger vómitos a cucharadas. Literal. Parece mentira que tras la ingesta la comida se expanda tanto. De un cuenco de puré salen toneladas de vómitos. Comprobado.
Las lavadoras a medianoche o las fregonas que llegan a todos los rincones del hogar se convierten en tus aliadas. Porque, por mucho que tengas preparado el barreño, por muy absorbentes que sean las toallas con las que cubres la cama, el vómito llega a todos los rincones. TODOS. Y sigue oliendo al día siguiente.
Cuántos pijamas necesita tu retoño? Puede que te apañes con dos o tres por temporada hasta que los vómitos hacen acto de presencia. Porque otra de sus cualidades es que la noche es su hora favorita. Su aparición estelar tendrá lugar en mitad de tu sueño más profundo. Y no importa el tiempo que esperes, en el momento en que, convencida de que tu hijo ha echado hasta la última papilla, le cambies el pijama, el vómito volverá con mayor virulencia. En esta segunda tanda ya no será tan aparatoso pero ten por seguro que habrá una tercera, cuarta y puede que quinta repetición que sólo servirán para que tengas que volver a cambiar a tu hijo de ropa.
Y si hay alguien riendo que piense que tengo al pequeño con gastroenteritis. Hoy he puesto tres lavadoras. Y no me hace maldita la gracia...
De esas boquitas preciosas y diminutas salen disparados vómitos de olor nauseabundo y peor pinta. A chorro. En todas direcciones. Como si no hubiera un mañana.
Si estás de suerte el niño (bebé en este caso) será un lactante y los vómitos se presentarán blanquecinos con olor a leche cortada no del todo desagradable. Si el niño es tragón y ya ha comenzado la AC prepárate para recoger vómitos a cucharadas. Literal. Parece mentira que tras la ingesta la comida se expanda tanto. De un cuenco de puré salen toneladas de vómitos. Comprobado.
Las lavadoras a medianoche o las fregonas que llegan a todos los rincones del hogar se convierten en tus aliadas. Porque, por mucho que tengas preparado el barreño, por muy absorbentes que sean las toallas con las que cubres la cama, el vómito llega a todos los rincones. TODOS. Y sigue oliendo al día siguiente.
Cuántos pijamas necesita tu retoño? Puede que te apañes con dos o tres por temporada hasta que los vómitos hacen acto de presencia. Porque otra de sus cualidades es que la noche es su hora favorita. Su aparición estelar tendrá lugar en mitad de tu sueño más profundo. Y no importa el tiempo que esperes, en el momento en que, convencida de que tu hijo ha echado hasta la última papilla, le cambies el pijama, el vómito volverá con mayor virulencia. En esta segunda tanda ya no será tan aparatoso pero ten por seguro que habrá una tercera, cuarta y puede que quinta repetición que sólo servirán para que tengas que volver a cambiar a tu hijo de ropa.
Y si hay alguien riendo que piense que tengo al pequeño con gastroenteritis. Hoy he puesto tres lavadoras. Y no me hace maldita la gracia...
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