De pequeña, Nochevieja era mi celebración favorita. Nos juntábamos con mi tía, que siempre nos hacía el mejor regalo, y mis primos. Veíamos a Martes y Trece, aunque yo no acabara de entenderlo, y sonreímos cuando mi abuela empezaba con las uvas a las doce menos cuarto, no fuera a ser que no le diera tiempo a acabarlas.
Años más tarde tocaba salir esa noche, al principio con la ilusión de la primera vez que vas a llegar a casa al amanecer y luego con el agobio de encontrar buen plan.
Y la melancolía. Cambiar de año, guardar el calendario y hacer balance. Pensar en los propósitos que te marcas para el año que empieza y reflexionar, por primera vez, sobre lo rápido que pasa el tiempo. Echar de menos a tu abuela que empezaba a felicitar el año cuando tocaban los cuartos, porque ella ya se había comido las doce uvas.
Mañana acaba otro año. A estas alturas da un poco de vértigo lo deprisa que pasa la vida. Trescientos sesenta y cinco días atrás yo tenía un bebé de un mes y poco tiempo para hacer balances. Este año me ha pasado por encima, se me ha escapado entre los dedos.
No he trabajado. Me he ocupado de mis niños, uno a punto de echar a andar y el otro que lleva ya un trimestre en el colegio. He intentado hacer algo para mí, y todavía no sé cómo acabará este experimento de la UNED. Voy a volver a trabajar, a las mañanas de prisas y a las noches en blanco. Me da un poco de vértigo, pero sé que sobreviviremos.
Mis objetivos son que mis niños sean felices y estén sanos. Que nos queramos. Intentar no perder la paciencia más de un par de veces al día y acordarme de que dentro de poco echaré de menos a mís bebés. Y no habrá vuelta atrás.
Voy a colgar el calendario nuevo. Feliz año.
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miércoles, 30 de diciembre de 2015
sábado, 3 de octubre de 2015
Los propósitos
Mis años empiezan en septiembre. Cuando los días se acortan, el calor remite y comienza el curso. El momento en el que salen los coleccionables por fascículos es mi punto de partida para comenzar con los buenos propósitos.
Estos tres meses que me separan de la Nochevieja y de la vuelta al tajo los quiero aprovechar, porque seguramente sean los últimos que puedo pasar en casa, con mis pequeños a tiempo completo. Pero también he decidido que quiero hacer más cosas, cosas para mí, dedicarme un pequeño espacio. Y, en un arrebato de locura, he retomado la carrera que empecé hace unos años, cuando aún era una joven sin cargas y con mucho tiempo libre. Y me he matriculado en la UNED. Sin anestesia ni nada.
Ya tengo varios libros y espero, ilusionada, a que solventen el problema informático que hace que el inicio de curso se retrase. A ver si al final no me da tiempo a ponerme. No sé de dónde voy a sacar el tiempo, pero tengo ganas de retomar los estudios (sí, soy rarita, qué le vamos a hacer)
Mi hijo mayor parece que tiene superada la primera toma de contacto con el cole. Va muy contento, entra de la mano de su Amiguito-del-alma y me despide con una sonrisa diciéndome que me va a echar mucho de menos y que le lleve un chupa chups a la salida. Yo vuelvo a casa empujando el carrito del pequeño, sorprendida de ser una de esas madres a las que cedía el paso cuando cruzaban con sus niños de la mano hace unos meses.
Hemos pasado unas noches un poco (un poco es un eufemismo) malas, entre los dientes de Peque y los nuevos horarios de Chicote. Seis horas de sueño en tres o cuatro intervalos eran un triunfo. Y me he acordado de tiempos pasados, con miedo a que volvieran. Pero, mientras lo hacía, me he dado cuenta precisamente de eso, de que han pasado. Mi chico grande tiene momentos, pero duerme. Y el pequeño está pasando una mala racha, come poco aparte de la teta (poco es otro eufemismo, el tío no come nada) y es normal que por las noches se despierte más a menudo, porque ahora tiene más desgaste.
Así que otro propósito de curso nuevo es intentar tomármelo con tranquilidad, y tener presente que los niños crecen (muy) deprisa, y que pronto mis desvelos serán causados por otros motivos. Y es mejor para mi salud mental concentrarme en la linda carita de mi bebé cuando tengo que encender (otra vez) la lamparita de la mesilla que acordarme de la madre que lo parió. Que soy yo, por cierto. Y así voy sobrellevando el insomnio forzado.
El mayor de mis churumbeles está pasando una etapa rebelde. Rebelde sin causa, con causa, porque el mundo le ha hecho así y por todos sus compañeros pero por él primero. Vaya genio se gasta. Y, claro, entre la falta de sueño y sus prontos, a una se le acaba la paciencia un par de docenas de veces al día. Y ayer hice otro propósito. Y se lo conté a Chicote. Mamá no le va a gritar. Él no me hizo mucho caso, pero llevo ya veinte horas sin alzar la voz. Y algún motivo habría tenido, no se vayan a creer. Pero mi yo zen va ganando. A ver lo que dura.
Así que he empezado con fuerza septiembre. Con tanta, que ya estamos en octubre. A ver si mis propósitos duran hasta el puente del Pilar...
Estos tres meses que me separan de la Nochevieja y de la vuelta al tajo los quiero aprovechar, porque seguramente sean los últimos que puedo pasar en casa, con mis pequeños a tiempo completo. Pero también he decidido que quiero hacer más cosas, cosas para mí, dedicarme un pequeño espacio. Y, en un arrebato de locura, he retomado la carrera que empecé hace unos años, cuando aún era una joven sin cargas y con mucho tiempo libre. Y me he matriculado en la UNED. Sin anestesia ni nada.
Ya tengo varios libros y espero, ilusionada, a que solventen el problema informático que hace que el inicio de curso se retrase. A ver si al final no me da tiempo a ponerme. No sé de dónde voy a sacar el tiempo, pero tengo ganas de retomar los estudios (sí, soy rarita, qué le vamos a hacer)
Mi hijo mayor parece que tiene superada la primera toma de contacto con el cole. Va muy contento, entra de la mano de su Amiguito-del-alma y me despide con una sonrisa diciéndome que me va a echar mucho de menos y que le lleve un chupa chups a la salida. Yo vuelvo a casa empujando el carrito del pequeño, sorprendida de ser una de esas madres a las que cedía el paso cuando cruzaban con sus niños de la mano hace unos meses.
Hemos pasado unas noches un poco (un poco es un eufemismo) malas, entre los dientes de Peque y los nuevos horarios de Chicote. Seis horas de sueño en tres o cuatro intervalos eran un triunfo. Y me he acordado de tiempos pasados, con miedo a que volvieran. Pero, mientras lo hacía, me he dado cuenta precisamente de eso, de que han pasado. Mi chico grande tiene momentos, pero duerme. Y el pequeño está pasando una mala racha, come poco aparte de la teta (poco es otro eufemismo, el tío no come nada) y es normal que por las noches se despierte más a menudo, porque ahora tiene más desgaste.
Así que otro propósito de curso nuevo es intentar tomármelo con tranquilidad, y tener presente que los niños crecen (muy) deprisa, y que pronto mis desvelos serán causados por otros motivos. Y es mejor para mi salud mental concentrarme en la linda carita de mi bebé cuando tengo que encender (otra vez) la lamparita de la mesilla que acordarme de la madre que lo parió. Que soy yo, por cierto. Y así voy sobrellevando el insomnio forzado.
El mayor de mis churumbeles está pasando una etapa rebelde. Rebelde sin causa, con causa, porque el mundo le ha hecho así y por todos sus compañeros pero por él primero. Vaya genio se gasta. Y, claro, entre la falta de sueño y sus prontos, a una se le acaba la paciencia un par de docenas de veces al día. Y ayer hice otro propósito. Y se lo conté a Chicote. Mamá no le va a gritar. Él no me hizo mucho caso, pero llevo ya veinte horas sin alzar la voz. Y algún motivo habría tenido, no se vayan a creer. Pero mi yo zen va ganando. A ver lo que dura.
Así que he empezado con fuerza septiembre. Con tanta, que ya estamos en octubre. A ver si mis propósitos duran hasta el puente del Pilar...
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