jueves, 28 de abril de 2016

Los piratas

Será por la pata chula de mi Peque, que sigue escayolado y de vez en cuando se señala la pierna enfadado y nos mira, imagino que preguntándose por qué tiene esa venda enorme. O lo mismo es el mayor, que de vez en cuando le da por alguna canción que escucha en algún sitio y lleva unos días cantando Piratas del Estrecho en gaditano puro, diciendo Estresho y enfadándose conmigo cuando le digo que se dice estreCHo.  Pero el caso es que tengo dos pequeños piratillas. Gamberros, ocurrentes e insomnes.

Estas últimas semanas estoy acusando el cansancio, la astenía primaveral. El fin de curso se acerca, empezamos a agobiarnos y a acumular trabajo y, con estas tardes infinitas de luz cada vez nos acostamos más tarde y dormimos menos.

Hace un año yo cuidaba full-time de mis pequeños piratas. Estaba con ellos casi todo el día, preparaba la comida, pasaba la aspiradora con menos frecuencia de lo deseable y me echaba la siesta menos rato del que me gustaría. Ahora me parece algo lejano y pretérito.

Vivo angustiada, lo reconozco, pensando si mi Peque se pondrá otra vez malo cuando lo recoja de la guarde. Si caminará bien cuando le quiten la escayola. Qué ganas tengo de que llegue el verano, se vayan los virus y nos den vacaciones. Y tengamos mucho tiempo para estar juntos, para descansar, para coger fuerzas e inmunizarnos.

Cuando volvamos en septiembre tendré a dos niños de cuatro años largos y casi dos. Dos amigos que jugaran juntos. Y se pelearán. Como hacen ahora mismo, tirando cada uno de un extremo del mismo juguete.  Mis dos piratillas.


miércoles, 20 de abril de 2016

El Quijote

El sábado se celebra el Día del Libro y en mi Instituto, como en miles de centros educativos, hay actividades programadas. Hoy hemos tenido un recital de poesía en homenaje a Lorca y en el Departamento andamos leyendo poemas y cuentos que han escrito los chavales para participar en un certamen literario.

Pero lo que más me está sorprendiendo este año son los festejos en el cole de mi hijo. Hace unas semanas cogió su cuento de El Quijote y lo llevó a clase porque, me dijo, estaban aprendido eso. Como ya hemos leído a Cervantes varias veces ( no soy tan pedante, es un libro infantil que regalaron con un periódico hace unos años y que a Chicote le gusta bastante) no me extrañó que viniera hablando de gigantes, molinos y escuderos.

Sus profes les están hablando de la obra más universal de la Literatura para celebrar el Día del Libro. Esta semana no están echando siesta porque hacen actividades con niños mayores: les ayudan a completar la primera página del libro con palabras que recortan y pegan o colorean a los personajes principales.



Hoy, día lluvioso y gris, hemos pasado buena parte de la tarde jugando a los caballeros. El mayor, Don Quijote, con lanza y escudo. Y montado en su viejo correpasillos-Rocinante. El pequeño, Sancho Panza. Y yo, Dulcinea. Menos mal que El Padre de las Criaturas se ha ido al fútbol porque le tocaba ser molino de viento. Y Chicote no paraba de repetirle que se quedase quieto y moviese los brazos, que le iba a atacar...

Luego, en la bañera, me ha contado que Cervantes escribía con pluma y estuvo en la cárcel. Yo le miraba asombrada.... Es increíble la facilidad para aprender de los niños pequeños. Ha estado un buen rato jugando a escribir El Quijote (es que es muy largo, asegura) con un pincho mío del pelo. La cosa amenazaba con tornarse dramática cuando ha intentado llenar de tinta un tapón. Menos mal que hemos sacado la cena...

Como profe de adolescentes siento una punzadita de envidia ante estas pequeñas  esponjas que lo mismo te recitan los planetas del Sistema Solar que te cuentan que Dulcinea de verdad tenía la nariz torcida. Me cuesta mucho más (a veces infinitamente) que mis alumnos se interesen una centésima parte por algo. Va con la edad, claro, pero es emocionante verlos así de entusiasmados. Y más con algo que a mi también me entusiasma y que le puedo contar.

Cuando, dentro de una década y si las Leyes Educativas no acaban de cargarse la Liteatura, mis hijos estudien a Cervantes, espero ver un mínimo reflejo de la ilusion que tenían hoy peleándose por ver quién montaba en Rocinante y se quedaba con la lanza. Pienso recordárselo....

domingo, 17 de abril de 2016

La escayola

Con la ganas que tenía yo de que mis pequeño se soltase a andar. He retrasado tanto esta entrada y así seguimos.... Hace un mes lo recogí de la guarde y empezó a quejarse de la pierna. Si ha estado toda la mañana caminando, me dijo su Profe. Me pareció que le dolía la espinilla derecha, pero es complicado estar seguro con un bebe tan pequeño. Lo llevamos a urgencias. Radiografía, no se ve nada y para casa. Se habrá dado un golpe, nos dijeron.

Al día siguiente seguía sin apoyar la pierna. Nos fuimos a otro hospital. Otra radiografía. Es la cadera, señora. Nosotros estamos convencidos de que le duele la la tibia.  Pero bueno, ellos son médicos.... Tercer día sin andar y tercer viaje al hospital. Un traumatólogo que se toma su tiempo. Deja que El Niño se calme, cuando coge confianza y para de llorar lo mira con tranquilidad. Le hace otra radiografía y, aunque asegura que no se ve claramente, él cree que tiene una fisura. Se le pasará. Cuando se vea sin dolor apoyará la pierna. No debemos preocuparnos. Nos cita para después de las vacaciones.

Efectivamente, Peque pasa unos días (que a mí se me hacen eternos) sin caminar. Poco a poco va apoyando la pierna y sujetándose. En la revisión dice que todo va según lo previsto y nos cita para quince días más adelante. Cuando le llevamos, este lunes pasado, el niños lleva doce días andando
solito. Casi corriendo. Nos atiende otro médico (el cuarto?) Le pide tres radiografías más. En rayos le hacen una porque creen que lleva demasiadas, pero el trauma insiste y acaban haciéndole las tres placas. Se ve una fractura en la tibia derecha, cerca del tobillo. Aunque el jefe de rayos, que ya se ha hecho amigo nuestro, nos asegura que no hay problema porque los huesos de los niños curan rápido y que no le mandarán nada, el trauma le pone una férula hasta la ingle. Tres semanas así.

Conclusión. Los médicos son personas, y tienen criterios y opiniones diferentes. Y distintos grados de empatía, eso está claro. Yo me llevé un buen disgusto el lunes, sobre todo cuando dejé al Peque en el suelo y empezó a llorar señalándose la pierna. Nunca había visto escayolado a un niño tan pequeño. No sé si enfadarme porque mi niño ha estado casi cuatro semanas con una fractura sin que nadie le vendase o porque ahora caminaba ya y me lo han vendado. Más de tres semanas, por cierto.

Desde luego, ojalá esto sea lo peor que le pase. Pero, cuando le veo arrastrando la pierna al gatear, o poniéndose de pie, dando tres pasitos y resbalando, a mí se me escapan las lagrimillas.  Se ha acostumbrado casi mejor que yo, se ríe al golpear el suelo con la escayola y hacer ruido y se arranca los trozos de algodón que se le salen del vendaje. Pero no puede ir a la guarde y, si no fuese por mí madre, no sé qué haría tanto tiempo.

Tampoco sabré nunca cómo se ha fracturado la tibia. Otra preocupación. Otra intranquilidad. No me creo que mi hijo se cayese, llorase y nadie se diese cuenta. Yo me rompí el cuboides hace unos años. Y me dolió mucho. Como para llorar. Y se me puso el tobillo que no un elefante. A mi Peque no se le hinchó. Un misterio.

Mi chiquitín, que es un niño tranquilo, que se porta fenomenal y que no da guerra, ha pasado por un escáner de la cabecita y no sé cuántas radiografías de las extremidades inferiores. Una férula y un par de buenos sustos. Y lo que me queda... Qué ganas de que eche a correr. Ya me arrepentiré luego, porque lo único seguro es que ese deseo se me cumplirá más pronto que tarde....




miércoles, 13 de abril de 2016

Los exámenes

Iba a titular está entrada La derrota, pero me lo he pensado mejor. No es una batalla. No estoy perdiendo. Es cuestión de prioridades. Y es hora de tomarme un respiro.

Hice tres exámenes en febrero. Cuando salí del primero, tras una noche casi en blanco, cuarenta minutos de coche y un par de vueltas para aparcar, sumado todo esto a la escasez de reflejos que provoca la falta de sueño, me sentía extrañamente feliz. Había sido capaz de presentarme, había aprendido algunas cosas, había estudiado después de unos cuantos años. Subidón de oxitocina.

Hice otros dos. Y saqué tres notables. Me sentí muy orgullosa y a mi autoestima de madre sin tiempo ni para peinarse le vino genial. Había sido capaz de toda una proeza, sacar tiempo (todavía no sé de dónde) y hacer algo diferente, algo para mí. Era casi poderosa. Un proyecto de  Súper Woman.

Empecé el segundo cuatrimestre con fuerza. Primeras semanas subrayando apuntes antes de acostarme y leyendo libros en la cama. Todo bajo control, pensando en que ya había demostrado de lo que era capaz.

Pero cualquiera con niños pequeños sabe lo difícil que es hacer planes. Volvieron las largas esperas para que se durmieran. De repente abría el ojo y me encontraba en la cama, sin cenar y vestida. Me había quedado dormida esperando que mis pequeños hicieran lo propio. Tenía ganas de todo menos de abrir un libro.

Luego han vuelto los virus. El cansancio. Visitas a urgencias. Algo de trabajo.

Y me he dado cuenta. Me quedan dos meses en los que tengo que trabajar, dormir algo (o al menos intentarlo, que hoy son las cinco menos cuarto de la mañana y no parece que vaya a poder descansar más), poner lavadoras, preparar comidas y, sobre todo, estar con mis niños. Jugar con ellos, dar un paseo o bajar al parque.

No voy a hacer exámenes en junio. Bueno, quizás uno. Pero sin presión. A lo que llegue he llegado. Y no pasa nada. Ya lo intentaré más adelante se nuevo. Hay que priorizar. No es una derrota. Estoy cogiendo fuerzas. Volveré.


viernes, 8 de abril de 2016

El sillón

Desde que retomé el trabajo, hace ya tres meses, no he vuelto a hacer varias cosas.  Cosas aparentemente insignificantes, pero que, tras un trimestre, se echan en falta.

Desde enero no veo la tele. No lo digo por decir, no me he sentado a ver ningún programa. De refilón dibujos animados,claro. A veces hay puesto un partido de fútbol y yo comparto el salón. Pero ponerme delante de la caja tonta con el mando en la mano, eso no lo hago desde las vacaciones de Navidad.

El sillón es otro viejo amigo del que me he despedido este trimestre. Los fines de semana nos echamos la siesta los niños y yo pero ya. No he vuelto a tumbarme en un sillón. Ni un minuto. De hecho, sólo me tumbo cuando voy a dormir. Bueno, a veces aprovecho y, si estoy jugando con los peques, me tiro al suelo un momentito. Pero lo normal es que se me suba un niño encima o el otro comience a darme cojinazos muerto de risa conminándome a que me incorpore. Hala, se acabó el relax que proporciona la horizontalidad.

Cenar también es un lujo. Mis querubines tardan en dormirse. Que le vamos a hacer. Yo me echo en la cama con el mayor y, he de confesar, me duermo antes que él casi a diario. Un ratito antes, mientras recojo los restos de sus cenas, pico algo, pero cuando me despierto y compruebo que mi primogénito está frito tengo más sueño que hambre y acabo comiendo algo de prisa y de pie. Así estoy, que parezco el espíritu de la golosina...

Echo de menos sentarme un ratito por las noches, antes de acostarme, con El Padre de las Criaturas y hablar de algo de adultos o ver algún trozo de alguna serie. Lo de estudiar comienza a parecer una utopía, casi tanto como volver a dormir del tirón antes de los cuarenta. De los cuarenta míos, espero no tener que esperar a los de mis hijos....

A pesar de eso, no me puedo quejar. Estoy contenta en el trabajo, mis pequeños van felices al cole y a la guarde y tenemos largas tardes que pasar juntos. Ya tendré tiempo de leer algún libro este verano.... O el que viene....

martes, 29 de marzo de 2016

El amor

Cuando me pusieron a mi niño encima, después de un parto que se me antojó eterno, un pequeño interruptor se activó en mi mente. Ese bebé redondito, con los ojos abiertos y la boquita aleteante me enamoró absolutamente. Oxitocina, hormonas, instinto, no sé qué fue.

A pesar del cansancio, de las ojeras, de los miedos de madre primeriza, de la tripa en forma de globo deshinchado en todas las fotos de esos primeros días estoy sonriente, casi radiante, mirando con absoluta adoración a mi bebé. Me encantaba estar con él y sentía casi dolor físico al pensar en la separación.

El Padre de las Criaturas y yo pensábamos a menudo, antes de que los niños nacieran, en hacer algún viaje cuando fueran un poco más grandes, y dejarlos al cuidado de los abuelos un fin de semana. Ahora sería incapaz de coger un avión y separarme unos cientos de kilómetros, aunque veo el momento algo más cercano...

Desde entonces he pensado muchas veces que ese amor maternal debe acabarse en algún momento. No me refiero a que se deje de querer a un hijo, claro que no, pero de verdad pienso que según van creciendo los hijos el cariño es diferente, supongo que como en las relaciones en pareja, el enamoramiento loco del principio va dando paso al cariño profundo. Esa necesidad que te une al recién nacido, esa dependencia que tiene de ti va mermando e, imagino, también ese amor loco que te hace salir del sueño más profundo en cuanto tu criatura respira una vez más fuerte de lo normal.

Hay veces en que me pregunto qué hacen mis niños por las mañanas. A qué dedican exactamente las horas de guarde o de colegio, mientras yo trabajo. Lo pienso con una punzada de dolor, cada vez más leve, sí, pero que continúa. Mis pequeñines creciendo, descubriendo y, quién sabe, puede que llorando a ratos con mamá lejos.

Esta semana leía las declaraciones de una famosa presentadora que aseguraba que (cito de memoria), aunque tuviese hijos, nunca podría quererlos como a su pareja, porque los hijos crecen y se van. Pues creo que tiene parte de razón. Sólo parte. Yo a mis hijos los quiero mucho más que a nada en el mundo. De una manera diferente a la que quiero a ninguna otra persona. Es complicado de explicar, pero imagino que es el instinto de protección que se tiene ante un ser desvalido, que depende de ti y a la vez te quiere con una entrega ciega y total. Pero también es verdad que mis hijos no estarán aquí siempre. Tiene que hacer su vida. Yo estaré siempre para ellos, pero ellos dejarán de necesitarme tanto y me querrán también de otra forma. Es lo deseable, y creo que será bonito ver como crecen, como cambian, como se desenvuelven en la vida.

Hablar con los adultos que serán y vislumbrar a los niños que han sido. Un trabajo precioso.


jueves, 24 de marzo de 2016

La gastroenteritis

Esto me pasa por intentar hacerme la graciosa. Ay, los vómitos, qué ocurrente. Pues llega el karma y se toma su venganza. Ni fría ni leches, bien calentita.

El sábado, después de cenar pizza para deleite de mi Chicote ( y del pequeño, que sigue sin comer
pero roía los bordes como un ratoncillo) y acostarnos, empezó el espectáculo. El niño comienza a retorcerse en sueños. Le duele la tripa, dice. Se despierta. Llora. Le siento en el váter, le hago masajitos. Nada, sigue sollozando. Cuando parece que se calma un poco y se queda frito, su cabecita pegada a la mía, una arcada le hace incorporarse y sale la primera remesa. Lo cojo en volandas y lo pongo en el suelo. Cuando veo lo que sigue saliendo de esa boquita me arrepiento. Ahora tengo que cambiar las sábanas, funda del colchón y lavar cortinas y barrera de la cama. Y, ¿qué es lo que tengo en el pelo? Sí, tropezones. Nada, a lavarme la melena a las tres de la mañana.

La escena se repite otras cuatro veces. Mi niño está hecho un asco, aunque se empeña en asegurar que no está malito, solo ha "gomitado". A las cuatro y media comienzo yo. Menos mal que tengo mejor puntería y soy capaz de llegar al baño las tres veces.

A las seis de la mañana, después de poner dos lavadoras, lavarme el pelo en el lavabo porque en la bañera está la barrera de la cama, fregar el suelo y tratar de echar un sueñecito con un ojo abierto por si a mi Chicote le diera por vomitar otra vez, decido que nunca más comeré pizza. Mi teoría de la expansión de la comida es cierta. En los dos pedazos que se comió mi hijo NO había tres docenas de aceitunas negras, que son las que he recogido yo del suelo.

El domingo amanecemos hechos un asco. Sobre todo yo, que los años no perdonan y cuesta más recuperarse. He descubierto una ventaja de tener hijos varones: no hay que sujetarles el pelo mientras vomitan. El Padre de las Criaturas comienza a pensar que nuestros virus estomacales son una confabulación Judeo-masónica para no irnos de viaje a su tierra. Con las ganas que tengo yo de visitar a su enorme familia...

De todo se sale y tras una noche de sueño profundo y la inestimable colaboración del ya citado Padre, que baña a las criaturas sin despertarme y se encarga hasta de descolgar las cortinas, el lunes pudimos salir de viaje. No vomitamos ni una vez en casi seiscientos kilómetros de camino. Eso sí, el Padre amaneció el martes con el estómago del revés....