Este mes los niños ya no tienen cole por la tarde. Muchos padres hacen malabarismos para cuadrar horarios, apuntan a los pequeños a los servicios de acogida para poder llegar a recogerlos y empiezan a hacer cuentas y buscar campamentos para los dos meses y medio de vacaciones escolares que quedan por delante.
Tengo suerte. O fui previsora, no sé. Sólo me toca buscar apaño para la última semana de junio y primera de septiembre. Mis padres y mi hermana viven a cinco minutos de casa y puedo contar con ellos. Aun así entiendo y comparto los problemas que acarrea el desfase entre jornada escolar y laboral.
Lo que no veo nada claro son las soluciones que tratan de imponer desde algunos sectores. Leía esto entre estupefacta e indignada. Una nota de prensa en la que la Fapa Giner de los Ríos poco menos que ningunea nuestra profesión recalcando las ingentes vacaciones de las que disfrutamos los docentes y tachándonos de insolidaridad, culpabilizando a nuestro gremio de la falta de conciliación que hay en este país. Abogan por la eliminación de los exámenes de septiembre adelantándolos a julio, e insistiendo en que los profesores demos clases durante ese mes para que los alumnos puedan recuperar las asignaturas pendientes. Así, además, podríamos adelantar las clases y comenzar el 1 de septiembre. Un mes menos de vacaciones y de quebraderos de cabeza paternales.
Lo sé. Soy juez y parte. No puedo ser totalmente objetiva. Pero, aparte de lo que me toca a mí en lo personal, no puedo comprender que critiquemos tanto los horarios infernales y presencialistas que tenemos en este país y que ahora queramos imponérselos a adolescentes (porque aquí se habla de secundaria, chavales a partir de doce años, los niños de infantil y primaria no se examinan en septiembre)
Los chavales están cansados, hace calor y llevan ya casi tres meses de clase. No quiero imaginar lo que sería prolongar ese agobio en las aulas otro mesecito con las temperaturas que nos gastamos en estas latitudes. Sí, en otras partes de Europa no tienen tantas vacaciones en verano, las reparten a lo largo del año. Sí, somos uno de los países que menos vacaciones escolares tienen y con peores resultados académicos, háganselo ver. Sí, en Valencia quitaron los exámenes de septiembre hace dos años. Este curso han vuelto a las fechas originales, no ha funcionado. Sí, tenemos muchas vacaciones pero no nos las pagan. Cobramos bastante menos que otros funcionarios de la misma categoría, lo cual me parece justo y lo considero una ventaja, pero quizás otros prefieren cobra y trabajar más.
Si esas son las medidas con las que quieren racionalizar los horarios, no las comparto en absoluto. Por favor, luchemos por poder pasar tiempo con nuestros hijos y no aparcarlos diez horas al día diez meses al año. La conciliación debe pasar por un esfuerzo de las empresas, por entender que nuestro tiempo es valioso y que debe ser de calidad. No por querer imponer nuestras jornadas a nuestros hijos. Yo quiero disfrutar de mis vacaciones, pero también quiero que mis hijos disfruten de las suyas. Ya otro día hablamos de la conveniencia de los exámenes.
Mostrando entradas con la etiqueta conciliación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta conciliación. Mostrar todas las entradas
domingo, 5 de junio de 2016
miércoles, 2 de marzo de 2016
El reparto
Podría hablar del desgobierno en el que vivimos desde hace más de dos meses, pero intentando enterarme de los entresijos de posibles pactos para formarlo, he hallado esto. Es un artículo titulado El permiso de paternidad recogido en el pacto indigna a las expertas. Lo leo y, aunque no me queda claro quiénes son las expertas, reflexiono.
Antes de ser madre yo creía que sí, que los padres debían tener el mismo tiempo de permiso que las madres, y dividir el cuidado del recién nacido. Ahora no lo veo tan claro.
Cuando tuve a Chicote me dejaron un libro de Carlos González. Me llamó mucho la atención que, en caso de divorcio, el famoso pediatra se mostrase absolutamente en contra de la custodia compartida. Decía (cito de memoria) que un niño pequeño no debe separarse de su madre en fines de semana alternos y equiparaba al padre casi con un desconocido. Reconozco que me escandalizó un poco, pero luego me hizo hasta gracia.
Creo que mis bebés no han tenido la misma relación conmigo que con su padre. Cuando crecen cambia, pero al nacer han estado más apegados a mí. Normal. Yo les he alimentado y he pasado con ellos mucho, muchísimo más tiempo que su padre.
Ahora hace falta preguntase el porqué. Con mis hijos tengo claro que la lactancia materna ha sido fundamental en ese apego hacia su madre. Y eso me temo que no lo puedo repartir. Si El Padre de las Criaturas hubiese tenido más días de permiso o su trabajo le hubiera permitido coger una excedencia quizá hubiera sido distinto.
En mi caso tengo suerte, los funcionarios no tenemos muchos problemas a la hora de ausentarnos sin cobrar (cobrando ya es más difícil, aunque penséis que no)
¿Qué hace falta en este país para que la conciliación sea posible? Pues tres o cuatro cosas fundamentales. Aumentar el permiso de paternidad es una. Y urgente. Quince días son irrisorios.
Pero aumentar el de maternidad es otra urgencia. En las clases preparto se hartaban de decirnos que la OMS aconseja lactancia materna exclusiva durante seis meses. Pero si a las dieciséis semanas hay que volver al tajo a mí lo me salen las cuentas.
Y si das biberón es más de lo mismo. Un bebé de menos de cinco meses es tan pequeño que separarte de él ocho o diez horas diarias da hasta vértigo.
Racionalizar los horarios es otra historia. Y ya no hablamos sólo de bebés lactantes. Tener niños en edad escolar y jornada laboral de nueve a ocho es más complicado que cuadrar diputados para votar investiduras.
Y hay otra cosa que se nos olvida. Criar niños no es alejarte del mercado laboral, no es perder oportunidades, no es dejar de lado nada. Criar hijos es necesario, es fundamental. Es uno de los
pilares de nuestra envejecida sociedad. Cuando las españolas tenemos a nuestro primogénito entrada la treintena no sabemos si volcarnos en su cuidado, absorbidas por esa nueva vida que de pronto llena la nuestra, si intentar seguir más o menos como antes o convertirnos en Wonder Woman y trabajar, ocuparnos de los niños, tener vida social y salir de casa peinadas todas las mañanas. De recuperar la figura no hablamos porque con tanto trajín lo normal es que nos falten unos cuantos kilos.
Quizá con un permiso de maternidad algo más largo para ambos progenitores y, sobre todo, con la posibilidad de decidir cuándo volver al mundo laboral sin que nadie nos juzgue por ello tendríamos una mayor calidad de vida. A mí ( y seguramente a otras mujeres pero no a todas) me ha encantado quedarme en casa con mis niños un añito entero. Lo necesitaba. Y no lo cambiaría por nada, ni se lo hubiera cedido a mi pareja. Aunque hubiese sido genial que él se hubiera podido quedar con nosotros una temporada.
Sobre todo eso. Que podamos decidir. Para todo.
Antes de ser madre yo creía que sí, que los padres debían tener el mismo tiempo de permiso que las madres, y dividir el cuidado del recién nacido. Ahora no lo veo tan claro.
Cuando tuve a Chicote me dejaron un libro de Carlos González. Me llamó mucho la atención que, en caso de divorcio, el famoso pediatra se mostrase absolutamente en contra de la custodia compartida. Decía (cito de memoria) que un niño pequeño no debe separarse de su madre en fines de semana alternos y equiparaba al padre casi con un desconocido. Reconozco que me escandalizó un poco, pero luego me hizo hasta gracia.
Creo que mis bebés no han tenido la misma relación conmigo que con su padre. Cuando crecen cambia, pero al nacer han estado más apegados a mí. Normal. Yo les he alimentado y he pasado con ellos mucho, muchísimo más tiempo que su padre.
Ahora hace falta preguntase el porqué. Con mis hijos tengo claro que la lactancia materna ha sido fundamental en ese apego hacia su madre. Y eso me temo que no lo puedo repartir. Si El Padre de las Criaturas hubiese tenido más días de permiso o su trabajo le hubiera permitido coger una excedencia quizá hubiera sido distinto.
En mi caso tengo suerte, los funcionarios no tenemos muchos problemas a la hora de ausentarnos sin cobrar (cobrando ya es más difícil, aunque penséis que no)
¿Qué hace falta en este país para que la conciliación sea posible? Pues tres o cuatro cosas fundamentales. Aumentar el permiso de paternidad es una. Y urgente. Quince días son irrisorios.
Pero aumentar el de maternidad es otra urgencia. En las clases preparto se hartaban de decirnos que la OMS aconseja lactancia materna exclusiva durante seis meses. Pero si a las dieciséis semanas hay que volver al tajo a mí lo me salen las cuentas.
Y si das biberón es más de lo mismo. Un bebé de menos de cinco meses es tan pequeño que separarte de él ocho o diez horas diarias da hasta vértigo.
Racionalizar los horarios es otra historia. Y ya no hablamos sólo de bebés lactantes. Tener niños en edad escolar y jornada laboral de nueve a ocho es más complicado que cuadrar diputados para votar investiduras.
Y hay otra cosa que se nos olvida. Criar niños no es alejarte del mercado laboral, no es perder oportunidades, no es dejar de lado nada. Criar hijos es necesario, es fundamental. Es uno de los
pilares de nuestra envejecida sociedad. Cuando las españolas tenemos a nuestro primogénito entrada la treintena no sabemos si volcarnos en su cuidado, absorbidas por esa nueva vida que de pronto llena la nuestra, si intentar seguir más o menos como antes o convertirnos en Wonder Woman y trabajar, ocuparnos de los niños, tener vida social y salir de casa peinadas todas las mañanas. De recuperar la figura no hablamos porque con tanto trajín lo normal es que nos falten unos cuantos kilos.
Quizá con un permiso de maternidad algo más largo para ambos progenitores y, sobre todo, con la posibilidad de decidir cuándo volver al mundo laboral sin que nadie nos juzgue por ello tendríamos una mayor calidad de vida. A mí ( y seguramente a otras mujeres pero no a todas) me ha encantado quedarme en casa con mis niños un añito entero. Lo necesitaba. Y no lo cambiaría por nada, ni se lo hubiera cedido a mi pareja. Aunque hubiese sido genial que él se hubiera podido quedar con nosotros una temporada.
Sobre todo eso. Que podamos decidir. Para todo.
domingo, 24 de enero de 2016
La culpabilidad
Por volver al trabajo. Por dejar a los niños llorando. Por querer hacer cosas para ti. Por no tener más tiempo para ellos. Por estar deseando que se duerman. Por gritarles. Por no tener tiempo para tus amigas. Por querer tener tiempo para tus amigas. Por estar cansada. Por llegar al trabajo con la hora pegada. Por cenar de pie en cinco minutos. Por no organizarte. Por sentir que cuando llegas al trabajo llevas ya una jornada laboral encima y vas a estar unas horas un poco más tranquila. Por acordarte de que tus pequeños están con otras personas y no sabes qué están haciendo ni si están bien.
La culpabilidad, vaya sentimiento. No conozco a muchos padres que se sientan así cuando vuelven al trabajo, cuando dividen las horas del día entre las tareas por hacer y no les salen las cuentas. Imagino que con una baja paternal de dos semanas no da tiempo a plantearse nada de esto.
No llevo quince días trabajando y ya siento que no me llega la camisa al cuello. He pensado cien veces que tenía que haberme quedado en casa más tiempo. Y otras cien que podía haberme incorporado antes y quizá todo habría sido más sencillo.
No hay respuestas ni soluciones. Siempre va a ser duro y vamos a seguir sintiéndonos culpables. Aunque intentemos hacer lo mejor, aunque lo hagamos lo mejor posible.
Ojalá en unos años sea un poco más fácil. Nos (ya les) enseñen que nuestras decisiones son válidas y no las cuestionen. Y nos dejen elegir. Pero, sobre todo, que se destierre esa culpabilidad que las mujeres cargamos como una losa. No somos perfectas. Ni falta que nos hace.
La culpabilidad, vaya sentimiento. No conozco a muchos padres que se sientan así cuando vuelven al trabajo, cuando dividen las horas del día entre las tareas por hacer y no les salen las cuentas. Imagino que con una baja paternal de dos semanas no da tiempo a plantearse nada de esto.
No llevo quince días trabajando y ya siento que no me llega la camisa al cuello. He pensado cien veces que tenía que haberme quedado en casa más tiempo. Y otras cien que podía haberme incorporado antes y quizá todo habría sido más sencillo.
No hay respuestas ni soluciones. Siempre va a ser duro y vamos a seguir sintiéndonos culpables. Aunque intentemos hacer lo mejor, aunque lo hagamos lo mejor posible.
Ojalá en unos años sea un poco más fácil. Nos (ya les) enseñen que nuestras decisiones son válidas y no las cuestionen. Y nos dejen elegir. Pero, sobre todo, que se destierre esa culpabilidad que las mujeres cargamos como una losa. No somos perfectas. Ni falta que nos hace.
jueves, 14 de enero de 2016
El congreso
Qué vergüenza, qué lamentable, qué bochorno. Qué machismo, más sangrante todavía cuando proviene de mujeres. Qué paternalismo.
Es increíble que hasta para criar a nuestros hijos tengamos que dar explicaciones.
Ayer Carolina Bescansa entraba en el Congreso con su bebé de seis meses. Lo hizo, explicó, para reivindicar el derecho de las madres a criar con apego, a decidir qué hacer con sus hijos. Para dar visibilidad. Qué falta hace.
Fue otra diputada, madre también, la que se acercó a recordarle que hay una guardería allí mismo. Y otra, que también fue madre durante el tiempo que duró su ministerio, la que criticó con dureza a Becansa.
Me pregunto si a esa ex ministra, o a la actual vicepresidenta en funciones, se les acercó alguien para recordarles que tienen derecho a unas ridículas dieciséis semanas de permiso de maternidad. Seis de ellas obligatorias, aunque la vicepresidenta decidiese no disfrutarlas.
Que los colectivos feministas pongan el grito en el cielo es ya un contrasentido. Cuánto tiempo vamos a tener que aguantar que nos digan cómo criar a nuestros hijos??
Por favor, basta de paternalismos. Las mujeres queremos decidir si nos quedamos en casa con nuestros niños, si los llevamos con nosotras o si nos incorporamos a nuestro trabajo a la semana de parir. Pero decidir lo que queramos, sin presiones. Y sin que nos juzguen. Que somos adultas.
Ojalá todas pudiésemos llevar a nuestros niños allá donde fuésemos. Mientras tanto, que lo hagan aquellas que puedan. Por todas las demás. Y, los que las critican, que sea para que las criaturas no tengan que escuchar estupideces como las que se escucharon ayer en el Congreso.
Es increíble que hasta para criar a nuestros hijos tengamos que dar explicaciones.
Ayer Carolina Bescansa entraba en el Congreso con su bebé de seis meses. Lo hizo, explicó, para reivindicar el derecho de las madres a criar con apego, a decidir qué hacer con sus hijos. Para dar visibilidad. Qué falta hace.
Fue otra diputada, madre también, la que se acercó a recordarle que hay una guardería allí mismo. Y otra, que también fue madre durante el tiempo que duró su ministerio, la que criticó con dureza a Becansa.
Me pregunto si a esa ex ministra, o a la actual vicepresidenta en funciones, se les acercó alguien para recordarles que tienen derecho a unas ridículas dieciséis semanas de permiso de maternidad. Seis de ellas obligatorias, aunque la vicepresidenta decidiese no disfrutarlas.
Que los colectivos feministas pongan el grito en el cielo es ya un contrasentido. Cuánto tiempo vamos a tener que aguantar que nos digan cómo criar a nuestros hijos??
Por favor, basta de paternalismos. Las mujeres queremos decidir si nos quedamos en casa con nuestros niños, si los llevamos con nosotras o si nos incorporamos a nuestro trabajo a la semana de parir. Pero decidir lo que queramos, sin presiones. Y sin que nos juzguen. Que somos adultas.
Ojalá todas pudiésemos llevar a nuestros niños allá donde fuésemos. Mientras tanto, que lo hagan aquellas que puedan. Por todas las demás. Y, los que las critican, que sea para que las criaturas no tengan que escuchar estupideces como las que se escucharon ayer en el Congreso.
miércoles, 13 de enero de 2016
El estrés
Me hallo a medio camino entre Qué he hecho yo para merecer esto y Si lo sé, no vengo. Y sólo llevamos tres días laborables...
Esta mañana he debido perder medio kilo con el estrés de salir de casa con los dos niños vestidos, la mochila con la merienda para el recreo, el rollo de papel higiénico para las manualidades y los tres manojos de llaves para coche, casa y trabajo.
Iba sobrada de tiempo hasta que a uno le han entrado ganas de hacer caca y al otro de engancharse a la teta. Es lo que tienen los niños...
He dejado a Peque por primera vez en acogida de la guarde, donde ha soltado su primer sollozo y, corriendo, he vuelto a poner a Chicote en la sillita del coche para movernos 50 metros y llegar a su cole. He empleado tres veces lo previsto porque he estado un buen rato intentando sentarle en la sillita de su hermano. Y el tío, en vez de avisarme, se reía por lo bajini....
Después de dejarle en su correspondiente acogida (sólo cinco minutos, pero no puedo estirar más el tiempo) he tenido que volver al coche a por su bolsita del desayuno. Cuando por fin he arrancado necesitaba otra ducha. O un spa.
A esto debemos sumarle una media de cuatro horas y media de sueño. Entre los nervios, niños despiertos en mitad de la noche y un viento nocturno huracanado que no me dejaba decansar.
Así que hoy, me dije yo, no pueden ir peor las cosas. Pues sí, que soy una lista. Mi Peque con fiebre. Treinta y nueve con uno, ahí es nada. Yo sin poder dormirme, mirándolo, hasta que a las 2 de la mañana le ha empezado a bajar y ha empezado con la fiesta.
No sé si a este paso llegó a Semana Santa.
Esta mañana he debido perder medio kilo con el estrés de salir de casa con los dos niños vestidos, la mochila con la merienda para el recreo, el rollo de papel higiénico para las manualidades y los tres manojos de llaves para coche, casa y trabajo.
Iba sobrada de tiempo hasta que a uno le han entrado ganas de hacer caca y al otro de engancharse a la teta. Es lo que tienen los niños...
He dejado a Peque por primera vez en acogida de la guarde, donde ha soltado su primer sollozo y, corriendo, he vuelto a poner a Chicote en la sillita del coche para movernos 50 metros y llegar a su cole. He empleado tres veces lo previsto porque he estado un buen rato intentando sentarle en la sillita de su hermano. Y el tío, en vez de avisarme, se reía por lo bajini....
Después de dejarle en su correspondiente acogida (sólo cinco minutos, pero no puedo estirar más el tiempo) he tenido que volver al coche a por su bolsita del desayuno. Cuando por fin he arrancado necesitaba otra ducha. O un spa.
A esto debemos sumarle una media de cuatro horas y media de sueño. Entre los nervios, niños despiertos en mitad de la noche y un viento nocturno huracanado que no me dejaba decansar.
Así que hoy, me dije yo, no pueden ir peor las cosas. Pues sí, que soy una lista. Mi Peque con fiebre. Treinta y nueve con uno, ahí es nada. Yo sin poder dormirme, mirándolo, hasta que a las 2 de la mañana le ha empezado a bajar y ha empezado con la fiesta.
No sé si a este paso llegó a Semana Santa.
viernes, 23 de octubre de 2015
Las medidas
Esta mañana, mientras mandaba besitos a Chicote que se metía en clase agarrando de su Amigo-del-alma, he oído a unos padres comentar la última promesa de algún candidato electoral en plena precampaña. Ante los lloros de su pequeño, el padre aseguraba que quieren (no aclaraba quiénes) que los niños de tres años no pasen tantas horas en el colegio. Y añadía que es una barbaridad que niños tan pequeños pasen fuera de casa siete u ocho horas diarias.
Pues sí, toda la razón. ¿Y el problema? Una madre se adelantó a plantearlo. Lo que me faltaba, dijo, si yo casi no llego a buscarlo ahora, que lo dejo en acogida, como salga antes no sé qué voy a hacer. Pues eso. La conciliación. Si trabajamos unas ocho horas diarias de media en esta país, con una hora para la comida y otra hora y media entre ir y venir al trabajo (en el mejor de los casos en las ciudades) hacen un total de diez horas largas fuera de casa. Que es el tiempo que muchos peque pasan en guardes, coles y extraescolares.
A veces lo acortamos cuando uno de los padres entra un poco más tarde, o sale antes. O reduciendo la jornada. Soy yo, con un horario bastante bueno, y tendré que dejar una horita antes a Chicote cuando me incorpore. Como si no fuera ya bastante!
Si ya empezamos a hablar de reuniones con profesores, días en los que se ponen malos, períodos de adaptación, vacaciones escolares, jornadas no lectivas... O nos buscamos unos abuelos jubilados, ociosos, en buena forma y que vivan cerca o tenemos un problema. Y no hay Houston que nos ayude.
Como tenemos elecciones generales a la vista, en la que, a juzgar por las encuestas, no hay nada claro, puede que sea un buen momento para que nuestros políticos se planteen unas cuantas medidas de apoyo a las familias. Y no me refiero a esas marchas con los señores obispos a la cabeza manifestándose contra el aborto o el matrimonio gay. Más bien me refiero a lo contrario.
Por ejemplo.
- Dos días al año de visitas al tutor de nuestros hijos mientras dure el período escolar. Por ley, es obligatorio que los padres vayamos a mantener una charla dos veces durante cada curso. Dos ratitos que dejamos el trabajo, no creo yo que pase nada.
- Unos días por enfermedad de hijo menor de doce años. No hospitalización, sino prever, no sé, cinco días al año que podemos ausentarnos de nuestro puesto de trabajo porque nuestro pequeño está enfermo y tiene que quedarse en casa. Cinco para la madre y cinco para el padre. ¿Iba a ser un coste muy alto para el Estado y las empresas?
- La semana de adaptación de nuestros hijos al cole es de vacaciones. Una semana en la vida por hijo. Tampoco es para tanto. Y no vale que se quiten esas vacaciones de las anuales, estas van aparte.
- Reducción de jornada o posibilidad de teletrabajo durante las vacaciones escolares.
- La misma posibilidad para padres de niños en edad escolar. Un par de horas menos diarias y comer en casa, o en el autobús de camino, o no comer. Así es la vida de los padres. Y que elijan los padres, no las empresas.
No me refiero a medidas populistas o carísimas. No soy experta en economía pero estoy segura de que son medidas viables. Y deben ser universales, para todos. Y, sobre todo, que no fomenten la no contratación de mujeres en "edad fértil".
En este país estamos a años luz de conseguirlo, y lo que necesitamos es un cambio de base, de forma de pensar. Criar niños, educarlos, es un servicio a la sociedad. Casi un trabajo, sólo que bastante más motivador que la mayoría. Y más absorbente. Y sin horarios. Cuando lo entendamos quizás estemos preparados. Y no tengamos que mirar a los nórdicos con tanta envidia.
martes, 19 de mayo de 2015
La campaña
Hace un rato escuchaba el final de un debate político en la radio. Justo era la parte concerniente a educación, que es la que más me mueve e interesa. Debatían dos candidatos a la presidencia de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes y Ángel Gabilondo. Moderaba Pepa Bueno. Aquí está entero.
Cuando he encendido la radio Cifuentes loaba las bondades de la educación pública madrileña, centrándose en el bilingüismo. El domingo leía un artículo del siempre crítico Javier Marías que iba en dirección opuesta, pero la candidata popular aseguraba que un altísimo porcentaje de escolares madrileños estudian en centros públicos bilingües y remarcaba que el 93% de los padres lleva a sus hijos a los centros escogidos en primera opción gracias al sistema del distrito único. Hablaba de la posibilidad de llevar el modelo bilingüe a la formación profesional para que los alumnos puedan estudiar "en bilingüe", que debe ser un idioma nuevo...
Gabilondo respondía que el sistema imperante en Madrid no es un sistema bilingüe, ya que una cosa es aprender inglés y otra ser bilingüe. Y que deberíamos prestar más atención a nuestro propio idioma, porque al final tendremos media generación de chavales que chapurrean dos idiomas y no hablan ninguno ni dominan un montón de conceptos.
A lo que iba yo, que me lío. Bueno les ha preguntado, muy clara: ¿Educación universal y gratuita de cero a tres años, sí o no? Ellos, obviamente, no han sido tan claros ni tan concisos. Pero ese tema me interesa tanto o más que el bilingüismo. Cifuentes, primera en contestar, ha asegurado que la Comunidad de Madrid ya hace un gran esfuerzo y ayuda a las familias a pagar ese tramo educativo que no es obligatorio.
Efectivamente, en Madrid las madres trabajadoras a jornada completa tenemos una beca de 100 a 160 euros mensuales para llevar a nuestros peques a escuelas infantiles PRIVADAS. ¿Qué quiere decir eso? Que a mí me sale más barato llevar a mis niños a guardes privadas que a la pública. Y que las
escuelas infantiles públicas, con sus excelentes instalaciones, se van vaciando poco a poco. Qué casualidad. Me parece estupendo que se paguen en función de la renta, los impuestos deben ser progresivos, pero que se den becas a empresas privadas en lugar de fomentar lo público creo que tiene un nombre. Sí, liberalismo también se puede llamar...
Gabilondo aseguraba que la educación de cero a tres años debe ser gratuita y universal y eso se va a implantar poco a poco. Mi Peque ha empezado a quejarse (no sé si se aburría o no le gustaba nada lo que escuchaba) , pero he creído escuchar como el ex Ministro subrayaba la importancia de la escolarización en esa etapa para el posterior desarrollo.
Yo no entiendo nada, de verdad. Cada vez menos. Está claro que con los horarios de trabajo que tenemos en este país necesitamos dejar a nuestros hijos, a nuestros bebés, al cuidado de alguien muchas, muchísimas horas al día. Pero, ¿es la solución meter a bebés de cinco meses en escuelas
infantiles diez horas diarias? Y quien dice bebés, dice también niños de cinco, de seis o de nueve años que pasan otras diez horas fuera de casa porque los horarios de sus padres no son compatibles con la vida familiar. O con la vida a secas.
La conciliación, de la que estamos tan necesitados, no pasa sólo por abrir guarderías. Porque al final se convierten en eso, en guarderías. Creo que conciliar es tener un horario decente, que te permita pasar tiempo con tus hijos, con tu pareja o en el sillón de tu casa leyendo un libro. Mi bebé va a cumplir seis meses y no sería capaz de separarme de él ahora. Es muy pequeño, mama a demanda y creo que necesita del contacto de su madre unos meses más.
Las escuelas infantiles son una necesidad, pero otra realidad de la que no se habla es de la racionalización de horarios, de la posibilidad de reducir la jornada laboral cuando tienes menores a tu cargo sin temor a represalias o de poder teletrabajar. ¿Tan utópico resulta?
Yo estoy muy cansada de que cuando digo que soy profesora la gente me hable de la suerte que tengo (normalmente utilizan otros términos algo más despectivos) porque tengo tres meses de vacaciones
y trabajo muy poco (sic). Ahí la importancia que le damos a la Educación en nuestro país.
Supongo que en este país las mujeres hemos estado muchos años atadas al ámbito doméstico, y ahora resulta casi reaccionario hablar de compatibilizar trabajo y cuidado de los hijos, porque la solución es que la madre compatibiliza y el padre sigue como siempre, y al final las mujeres tenemos que elegir. Así que, desde aquí digo, mi voto para quien sea valiente, hable de conciliación de verdad, me deje elegir a mí y a mi familia, y al resto de familias cómo queremos criar a nuestros hijos y no nos obligue a tener que quedarnos en casa o a tener que separarnos de nuestros hijos con cuatro meses.
Dicho queda.
Cuando he encendido la radio Cifuentes loaba las bondades de la educación pública madrileña, centrándose en el bilingüismo. El domingo leía un artículo del siempre crítico Javier Marías que iba en dirección opuesta, pero la candidata popular aseguraba que un altísimo porcentaje de escolares madrileños estudian en centros públicos bilingües y remarcaba que el 93% de los padres lleva a sus hijos a los centros escogidos en primera opción gracias al sistema del distrito único. Hablaba de la posibilidad de llevar el modelo bilingüe a la formación profesional para que los alumnos puedan estudiar "en bilingüe", que debe ser un idioma nuevo...
Gabilondo respondía que el sistema imperante en Madrid no es un sistema bilingüe, ya que una cosa es aprender inglés y otra ser bilingüe. Y que deberíamos prestar más atención a nuestro propio idioma, porque al final tendremos media generación de chavales que chapurrean dos idiomas y no hablan ninguno ni dominan un montón de conceptos.
A lo que iba yo, que me lío. Bueno les ha preguntado, muy clara: ¿Educación universal y gratuita de cero a tres años, sí o no? Ellos, obviamente, no han sido tan claros ni tan concisos. Pero ese tema me interesa tanto o más que el bilingüismo. Cifuentes, primera en contestar, ha asegurado que la Comunidad de Madrid ya hace un gran esfuerzo y ayuda a las familias a pagar ese tramo educativo que no es obligatorio.
Efectivamente, en Madrid las madres trabajadoras a jornada completa tenemos una beca de 100 a 160 euros mensuales para llevar a nuestros peques a escuelas infantiles PRIVADAS. ¿Qué quiere decir eso? Que a mí me sale más barato llevar a mis niños a guardes privadas que a la pública. Y que las
escuelas infantiles públicas, con sus excelentes instalaciones, se van vaciando poco a poco. Qué casualidad. Me parece estupendo que se paguen en función de la renta, los impuestos deben ser progresivos, pero que se den becas a empresas privadas en lugar de fomentar lo público creo que tiene un nombre. Sí, liberalismo también se puede llamar...
Gabilondo aseguraba que la educación de cero a tres años debe ser gratuita y universal y eso se va a implantar poco a poco. Mi Peque ha empezado a quejarse (no sé si se aburría o no le gustaba nada lo que escuchaba) , pero he creído escuchar como el ex Ministro subrayaba la importancia de la escolarización en esa etapa para el posterior desarrollo.
Yo no entiendo nada, de verdad. Cada vez menos. Está claro que con los horarios de trabajo que tenemos en este país necesitamos dejar a nuestros hijos, a nuestros bebés, al cuidado de alguien muchas, muchísimas horas al día. Pero, ¿es la solución meter a bebés de cinco meses en escuelas
infantiles diez horas diarias? Y quien dice bebés, dice también niños de cinco, de seis o de nueve años que pasan otras diez horas fuera de casa porque los horarios de sus padres no son compatibles con la vida familiar. O con la vida a secas.
La conciliación, de la que estamos tan necesitados, no pasa sólo por abrir guarderías. Porque al final se convierten en eso, en guarderías. Creo que conciliar es tener un horario decente, que te permita pasar tiempo con tus hijos, con tu pareja o en el sillón de tu casa leyendo un libro. Mi bebé va a cumplir seis meses y no sería capaz de separarme de él ahora. Es muy pequeño, mama a demanda y creo que necesita del contacto de su madre unos meses más.
Las escuelas infantiles son una necesidad, pero otra realidad de la que no se habla es de la racionalización de horarios, de la posibilidad de reducir la jornada laboral cuando tienes menores a tu cargo sin temor a represalias o de poder teletrabajar. ¿Tan utópico resulta?
Yo estoy muy cansada de que cuando digo que soy profesora la gente me hable de la suerte que tengo (normalmente utilizan otros términos algo más despectivos) porque tengo tres meses de vacaciones
y trabajo muy poco (sic). Ahí la importancia que le damos a la Educación en nuestro país.
Supongo que en este país las mujeres hemos estado muchos años atadas al ámbito doméstico, y ahora resulta casi reaccionario hablar de compatibilizar trabajo y cuidado de los hijos, porque la solución es que la madre compatibiliza y el padre sigue como siempre, y al final las mujeres tenemos que elegir. Así que, desde aquí digo, mi voto para quien sea valiente, hable de conciliación de verdad, me deje elegir a mí y a mi familia, y al resto de familias cómo queremos criar a nuestros hijos y no nos obligue a tener que quedarnos en casa o a tener que separarnos de nuestros hijos con cuatro meses.
Dicho queda.
Etiquetas:
Ángel Gabilondo,
bilingüismo,
campaña electoral,
conciliación,
Cristina Cifuentes,
debate electoral,
educación,
elecciones,
escuelas infantiles
viernes, 24 de abril de 2015
La vuelta
Hace un par de días me encontré en el súper con una amiga a la que no veía desde la primera y única clase preparto a la que asistí en mi segundo embarazo. Su niño tiene seis meses y ella ya se había incorporado al trabajo.
Tengo la suerte, en estos tiempos que corren, de poder alargar mi exiguo permiso maternal. Con mi Chicote esperé hasta sus once meses para dejarlo en la guarde y volver al tajo. Con el Peque voy a esperar a enero, así que habrá cumplido ya de sobra el añito cuando me tenga que separar de él.
Los tres meses que me quedaban para las vacaciones de verano cuando dejé a mi hijo mayor en la escuela infantil fueron los más duros de mi vida. La separación nos costó horrores. El primer día no lloró, no se lo esperaba ni se enteraba de qué iba el rollo. Pero luego... Niño llorando, madre culpabilizándose y semanas a todo correr. Creo que ya he comentado que Chicote duerme normal tirando a fatal, así que muchos días yo me iba a trabajar con un par de horas de sueño. Una vez reventé dos ruedas del coche al meterme en un socavón, cuando mi estado zombi rozaba ya dimensiones apoteósicas.
Muchas madres me cuentan que sus niños todavía no extrañaban cuando tuvieron que volver a sus puestos de trabajo. En una de las guardes que visité antes de decidirme me dijeron que era mala idea que me cogiera excedencia y alargara el permiso más de ocho meses, porque al niño le costaría mucho más adaptarse. Bastante ojiplática, decidí descartar ese centro de inmediato. Razón no le faltaba a la directora, desde luego, mi hijo habría llorado menos si le hubiese dejado con cuatro meses pero, ¿cómo me habría sentido yo?
Es respetable, faltaría más, que cada uno se incorpore cuando quiera al trabajo. Habrá gente que se vuelva loca en casa y que esté deseando volver a su anterior vida (o a lo que quede de ésta) y otras personas a las que nos cuesta más dejar en casa lo que se ha convertido en nuestro mundo y volver a la realidad. Cuando regresé al instituto lo pasé mal, no me acuerdo mucho de esos tres meses y a veces me pregunto cómo lo hice para dar clases sin dormir, para corregir en casa con mi pequeño que no quería separarse de mí y para sobrevivir a todos los virus de la guarde que cogí y que me dejaron con cinco kilos menos.
A pesar de todo, en septiembre, cuando comenzó otro curso, las cosas volvieron poco a poco a la normalidad y me reconcilié con mi trabajo, con mis alumnos y con el mundo. Estaba contenta de salir de casa, de hacer cosas que me gustaban y de encontrarme con mi niño a las tres, una hora bastante decente dentro de lo que se estila en nuestro país.
Esta vez alargaré la excedencia (que es tiempo sin cobrar, por cierto, ni un duro desde hace ya unas
semanas, y aún así soy casi una privilegiada por poder planteármelo económica y laboralmente) y acompañaré a Chicote al cole en su primer trimestre todas las mañanas para volverme a casita y disfrutar de Peque. Qué suerte haber podido elegir. Y qué pena que sea una suerte.
Tengo la suerte, en estos tiempos que corren, de poder alargar mi exiguo permiso maternal. Con mi Chicote esperé hasta sus once meses para dejarlo en la guarde y volver al tajo. Con el Peque voy a esperar a enero, así que habrá cumplido ya de sobra el añito cuando me tenga que separar de él.
Los tres meses que me quedaban para las vacaciones de verano cuando dejé a mi hijo mayor en la escuela infantil fueron los más duros de mi vida. La separación nos costó horrores. El primer día no lloró, no se lo esperaba ni se enteraba de qué iba el rollo. Pero luego... Niño llorando, madre culpabilizándose y semanas a todo correr. Creo que ya he comentado que Chicote duerme normal tirando a fatal, así que muchos días yo me iba a trabajar con un par de horas de sueño. Una vez reventé dos ruedas del coche al meterme en un socavón, cuando mi estado zombi rozaba ya dimensiones apoteósicas.
Muchas madres me cuentan que sus niños todavía no extrañaban cuando tuvieron que volver a sus puestos de trabajo. En una de las guardes que visité antes de decidirme me dijeron que era mala idea que me cogiera excedencia y alargara el permiso más de ocho meses, porque al niño le costaría mucho más adaptarse. Bastante ojiplática, decidí descartar ese centro de inmediato. Razón no le faltaba a la directora, desde luego, mi hijo habría llorado menos si le hubiese dejado con cuatro meses pero, ¿cómo me habría sentido yo?
Es respetable, faltaría más, que cada uno se incorpore cuando quiera al trabajo. Habrá gente que se vuelva loca en casa y que esté deseando volver a su anterior vida (o a lo que quede de ésta) y otras personas a las que nos cuesta más dejar en casa lo que se ha convertido en nuestro mundo y volver a la realidad. Cuando regresé al instituto lo pasé mal, no me acuerdo mucho de esos tres meses y a veces me pregunto cómo lo hice para dar clases sin dormir, para corregir en casa con mi pequeño que no quería separarse de mí y para sobrevivir a todos los virus de la guarde que cogí y que me dejaron con cinco kilos menos.
A pesar de todo, en septiembre, cuando comenzó otro curso, las cosas volvieron poco a poco a la normalidad y me reconcilié con mi trabajo, con mis alumnos y con el mundo. Estaba contenta de salir de casa, de hacer cosas que me gustaban y de encontrarme con mi niño a las tres, una hora bastante decente dentro de lo que se estila en nuestro país.
Esta vez alargaré la excedencia (que es tiempo sin cobrar, por cierto, ni un duro desde hace ya unas
semanas, y aún así soy casi una privilegiada por poder planteármelo económica y laboralmente) y acompañaré a Chicote al cole en su primer trimestre todas las mañanas para volverme a casita y disfrutar de Peque. Qué suerte haber podido elegir. Y qué pena que sea una suerte.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)