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martes, 20 de diciembre de 2016

Los fans

Cuatro meses.... Tras una temporada leyendo otras bitácoras un poco más alejadas de los temas maternales, y tras preguntarme muchas veces si no debería hacer otras cosa, escribir sobre lejanos intereses que yo antes tenía, meditar sobre si abrir un blog distinto que ya casi tenía hasta nombre y, finalmente, darme cuenta de que ni para eso tengo tiempo, he descubierto una cosa. No necesito separar espacios. Mi vida puede ser muchas cosas a la vez. A veces lo olvido, pero soy, y no necesariamente en este orden, profe, madre, lectora, estudiante, curiosa, idealista, nerviosa, maniática y bajita. Entre otras cosas. Así que vamos a seguir con esto. De vez en cuando, porque mucho tiempo libre no tengo, pero la verdad es que mis niños son capaces de entretenerse solos o con La Patrulla Canina casi veinte minutos seguidos si nadie resulte levemente herido. Y cualquier madre de niños pequeños sabe que en veinte minutos se puede hacer la cena, recoger la ropa, echarse una siesta reparadora y casi casi escribir un libro. Además, y, sobre todo, yo me debo a mis fans. Aquellos dos grandes amigos que en estos meses de retiro (no espiritual precisamente) me han preguntado discretamente por este blog. Y solo por eso tenía que volver. Hala chicos, va por vosotros. Por cierto. Alguien ha resultado levemente herido. Me pasa por hablar.

sábado, 23 de julio de 2016

La Madre

Dentro de unos años, los niños crecerán, querrán su espacio, y estaremos solos tú y yo otra vez.

Pues sí, estas sabias palabras del Padre de las Criaturas son absolutamente ciertas, pero a menudo las olvidamos. Tendemos a vivir solo el presente, y no pensamos en el futuro tan a largo plazo (aunque mucho me temo que dos o tres lustros se pasan enseguida cuando unos cruza la barrera de los treinta) Cuando tienes niños pequeños el tiempo cobra una dimensión desconocida. Se estira y se encoge según los patrones de sueño de la criatura, se hace interminable cuando tiene fiebre, se pasa volando cuando miras atrás y descubres que tu bebé ha cambiado tanto en los últimos meses que te cuesta acordarte de cómo era recién nacido.

Los niños pequeños te absorben. Es difícil imaginarlo cuando no los tienes. Estás  segura de que tú te organizarás, tendrás tiempo, podrás hacer muchas otras cosas. Pero de pronto te ves convertida en Madre. Una Madre que apenas tiene tiempo (ni ganas) de ser otra cosa. Una Madre que las primeras semanas no puede ni ducharse. Y que, según pasan los meses, debe tratar de hacer las cosas con un niño en brazos, o colgado de la pierna, o aporreando la puerta detrás de la que te escondes.

A veces intentas leer, ver algo en la tele, planchar la ropa. Arduas tareas. Otras veces estás tan cansada que piensas que Juego de tronos ya te lo destriparán tus alumnos mañana, ese libro no se va a mover de la estantería y la ropa arrugada... ¿No dijo alguien que la arruga es bella?

Pero hay otras cosas en la vida, amigos, pareja... Y estamos tan cansadas que se nos olvida. Está claro que esta absorción infantil se acaba. Puede que demasiado pronto. Yo ya noto que mi mayor juega solo, no me requiere tanto y a veces tengo que llamarlo yo desde otra habitación para oír su voz y que me diga que está jugando y que soy una pesada. Tengo a su hermano, que me llama con lágrimas en los ojos en cuanto salgo de su campo visual y que no me deja ni sentarme en el váter si para ello tengo que dejarlo en el suelo.

Mis pequeñines crecen. Aunque a veces parezca que despacio, la verdad es que el tiempo pasa rápido.  Y, aunque siempre seré su Madre, quizá en uno o dos lustros sea madre solo. Cómo les echaré de menos...

martes, 21 de junio de 2016

Las preocupaciones

Cuando tienes un hijo nadie te prepara para los desvelos que te esperan a partir del momento en el que nace. Y no me refiero a los provocados por el desajuste de serie con el que vienen los recién nacidos, ese que hace que no duerman más de dos o tres horas seguidas por las noches y que trae como consecuencia las ojeras y palidez que adornan a las madres recientes. No. Hablo de otros desvelos. Que no se acaban ni cuando el niño duerme del tirón. Son las preocupaciones. Las que te provoca ser madre, cuidar de una criatura cuya vida está en tus manos. Y, aunque la criatura crezca, aunque no dependa tanto de tí, me temo que los desvelos nunca nos abandonan.

Al principio te asusta todo. ¿Come lo suficiente? ¿Por qué llora? ¿Se dormirá alguna vez? ¿Respira? La experiencia es un grado, y poco a poco entiendes un poco mejor a tu bebé y diferencias sus lloros. Pero, claro, un bebé no habla y no te puede explicar si le duele algo, si tiene frío, si quiere que le cambies. Recuerdo que una de mis mayores preocupaciones con mi Chicote era que tuviera fiebre y yo no me diese cuenta. A los nueve meses se puso malito por primera vez (sí, hemos tenido mucha suerte) y, aunque no superó los 38º, lo noté ipso facto.

Con catorce meses le estaba dando el pecho cuando vi una gota de sangre en el pezón. Tardé un poco en darme cuenta de que mi pequeñín sangraba por la nariz sin haberse dado ningún golpe. Tras diez minutos eternos nos fuimos a urgencias y, aunque la hemorragia paró en el coche, pocas veces he estado tan nerviosa. Cuando llegamos pensaron que habíamos tenido un accidente. Desde entonces y durante mucho tiempo me ha dado pánico ver a mi niño sangrar.

Con el pequeño son los golpes lo que peor llevo. Golpes y vómitos me aterran. Aunque la fiebre no les va a la zaga. He pasado horas comprobando como mi bebé dormía, mirándolo fijamente y conjurando al virus de turno para que saliese de su cuerpecito. Cada vez que me entero, por el grupo de whatsapp, de un nuevo enfermito en la guarde, comienzo a temblar y a tocar tanto la frente de mi Peque que temo provocarle yo misma la fiebre.

Y eso no es nada. Me pongo a pensar en que pueden discutir con sus amigos. En que quizá tengan  problemas en el cole. En cuando salgan por las noches. En sus futuros desamores.

Una compañera (y amiga) con hijos ya mayores y nieto en camino me cuenta a veces que nada le provoca mayor tranquilidad que, en fechas señaladas, tener a su hijos durmiendo bajo el mismo techo.

Pues eso. ¿Volveré a dormir a pierna suelta?

miércoles, 18 de mayo de 2016

La novia

No hace ni dos semanas que cumplió cuatro años. Y no soy nada partidaria de estos temas, me encantó y compartí este artículo. Pero a veces las cosas salen de manera distinta a como una las había planificado. Ahora mismo, por ejemplo, son las dos de la mañana y en lugar de estar durmiendo, tengo a mi Peque en brazos.

En fin, a lo que iba. Cuando hemos vuelto del cole, mi hijo mayor,  con sonrisa entre pícara e inocente, me ha anunciado que tenía que contarme una cosa pero que no sabía si le apetecía. Al final se ha decidido: Mamá, tengo novia.

A mí se me ha congelado un poco la sonrisa. Le he preguntado cómo ha sido y me ha explicado que una niña de clase le ha anunciado que ahora es su novio. Que se vaya enterando de cómo va a ir esto y de quien va a tener siempre la sartén por el mango....

Le he mirado, intentado ponerme sería, y le he dicho que qué significa eso de ser novios y, claro, como no tiene ni idea, le he contado que lo más importante es que los novios son amigos.

Eso sí, me ha confesado, con un poco de vergüenza, que la niña en cuestión es la más guapa. Hasta más que mamá. Ay, lo que me queda....

A su padre no ha querido decirle nada, y luego tampoco le apetecía hablar conmigo del tema.  Pero antes de acostarse, cuando su hermano sólo quería bracitos de mamá y yo me prodigaba en cariñitos con él, ha anunciado que ya no quería ser más el novio de la niña.

He tenido que dejar a su hermano, tumbarme con él y decirle que, por muchas novias que tenga, siempre voy a ser su mamá y a quererle y darle besitos.

Ay, qué rápido va esto....

domingo, 8 de mayo de 2016

La lista

Hoy ha venido a casa una amiga embarazada. Mi primera amiga embarazada. Le queda un mes para dar a luz y se ha pasado a recoger algunas cosas de mis tormentillos para su bebita. Hace un día horrible, lluvioso e invernal y no se han quedado demasiado, pero le ha dado tiempo a preguntarme algunas de esas dudas de incipiente madre primeriza que te van desvelando según se acerca el día del parto.

Intento visualizarme hace cuatro años y una semana, con un bombo inabarcable y la casa invadida de ropita diminuta azulada recién lavada y planchadita. Cómo he cambiado en este tiempo.

Mi amiga me preguntaba por la famosa bolsa del hospital, compresas tocológicas y discos de lactancia. Esas cosas que olvidas por completo según dejas de usar.

Yo prepararé mi primera bolsa con mucha ilusión y bastante margen. La compré en una tienda del barrio, una bolsa de bebé con una jirafa bordada. Mis pequeños la han usado de maleta hasta que ha sido desterrada por otra de Jake y líos piratas de Nunca Jamás. No hay quien pueda contra Disney...

Para mi primer parto la llevaba a reventar, pero para el segundo había sitio de sobra. El grado que da la experiencia.

Lo fundamental es la carpeta con los papeles médicos. Recuerdo que me pidieron a analítica del último trimestre cuando ingresé. Además, la carpeta es útil porque saldrás de allí con el librito de vacunaciones y los papeles del ingreso y el alta, con el informe del parto incluido.

En el hospital donde parí, público, me dieron todo lo necesario para el bebé. En el cajón de la mesilla hay pañales, bodys, empapadores y gasas para cambiarlos. También le ponen un gorrito horrible y le envuelven en una manta. Los  bodys son un poco grandes (y eso que mi primogénito rozó los cuatro kilazos) y la manta parece esa que usan los dueños de perros para que sus animales duerman encima, pero no es necesario que vayas cargada con cosas para el recién nacido. A pesar de eso, lo normal es llevar medio fondo de armario que ya acumula tu neonato. Para mi segundo bebé yo llevé tres bodys (y el muchacho vomitó dos de ellos, así que opté por ponerle los del hospital hasta que nos dieron el alta) y un trajecito con el que le saqué a la calle. Además de una mantita un poco más cariñosa que las del hospital. Bueno, y dos gorritos de recién nacido, que me regalaron una docena y había que estrenarlos.

A las madres nos ponen un camisón que, he de decir, mejoró mucho del primer al segundo parto. La primera vez era ese que sale en las pelis, abierto por detrás, y otro igual puesto a modo de bata para no dejarte con el culo al aire. Con mi Peque ya me dieron uno cerrado, con botones delante que facilita bastante la lactancia, y de lunares rosas. Mucho más mono. Casi me dio pena ponerme el de casa. También llevé una bata finita y zapatillas. En el hospital hay gel, y me entregaron una bolsita de aseo con cepillo de dientes, pasta y colonia fresquita.

Mi añorada matrona nos recomendó llevar cacao, porque cuando te ponen la epidural no te dejan beber nada, y la prohibición se mantiene hasta dos horas después de dar a luz. Ella aseguraba que el cacao al menos nos hidrataba los labios, que se quedan tan secos como la garganta. También nos sugirió llevar colorete, porque íbamos a salir en un montón de fotos y nuestros aspecto, tras el parto, es claramente mejorable.

Cargador de móvil y una muda para el padre no está de más. Yo me puse la misma ropa cuando me dieron el alta que la que llevaba al entrar. Porque eso de que te dejas la tripa en el paritario es un mito. Aún así, fui vestida con chándal, para de no mermar la autoestima con ropa de premamá cuando ya eres mamá de facto. Sujetador de lactancia y compresa tocológicas ( que también te dan en el hospital) también llevaba.

Los discos de  lactancia, que me acompañaron muuuuchos meses en mi primer postparto no son necesarios hasta que no te sube la leche, así que los dejé en casa. Pero la crema para las grietas me vino fenomenal porque en ambas ocasiones la cosa no llegó a mayores pero a punto estuvo. A pesar de todo, creo que más que la Purelan, lo que me curó fue la subida de la leche, que me reblandeció las costras que empezaban a formarse mientras mis lechoncillos succionaban el calostro.

Y las bragas desechables. Qué gran invento. Sangras como una cochinilla los primeros días ( o semanas) y bastante ropa hay que lavar ya como para andar frotando bragas. Así que bienvenidas bragas de celulosa. Un paquete para el hospital.

Una botella de agua y a cerrarla. Y esperar el gran día. He de decir que te da tiempo de sobra para prepararla cuando llega ese día. A mí me hubiese dado tiempo a llegar andando al hospital, volver a casa y llamar un taxi. Pero mejor dejarlo listo, que el día D bastante nerviosa se pone una.


lunes, 2 de mayo de 2016

El artículo

Hace ya unos cuantos lustros que dejé de celebrar Días de madres, padres y espíritus santos. De San Valentín no me apeé porque nunca lo tuve en consideración. Rebelde que era una.

Ahora, visto desde el otro lado, he de decir que las manualidades que me hacen las profesoras de mi primogénito, ayudadas por él en cada vez mayor medida, me hacen ilusión e incluso me conmueven. No tengo que esforzarme mucho en reforzar su autoestima ante sus dotes creativas porque ya se encarga él de explicarme lo bien que lo ha hecho y cómo ha escrito ese te quiero con la inconfundible letra de su tutora. Se lo agradezco mucho a ambos.

Yo también soy de las que creen que el amor materno-filial se debe repartir entre todos los días del año, y prefiero un beso diario (o unos cuantos) a una caja de bombones el primer domingo de mayo.

Por eso empecé a leer el artículo de Elvira Lindo asintiendo, algo extrañada, porque precisamente sus últimos artículos (bueno, los que he leído yo, que confieso que quizás no son todos los que quisiera, mi tiempo es limitado para entregarme a placeres como el de la lectura, muy a mi pesar) versando sobre el tan manido tema de la maternidad me han dejado un sabor agridulce.

Si mal no recuerdo, y como explica en su novela Lo que me queda por vivir, ella se estrenó en esto de la maternidad en los ochenta y con veintipoquísimos años. Una valiente. Y muy diferente a las circunstancias en las que estrenamos maternidad las españoles que tenemos, más menos, la edad de su hijo.

Quizá el hecho de retrasar esa maternidad hace que ésta tome mayor conciencia. Quizá sea la moda de la crianza natural. Quizá ahora magnifiquemos nuestras acciones. O puede que nuestras madres, esas que tuvieron que enfrentarse a una crianza y una educación impregnadas de machismo, empezar a trabajar tras unas cuantas generaciones de mujeres amas de casa y enfrentarse a formar familias, llevar hogares y seguir metidas en el mercado laboral cuando lo de la conciliación ni se mentaba, no tuvieron tiempo (ni ganas, supongo), de complicarse aún más dando nombre a formas de crianza ni discutiendo con pediatras si era mejor o peor la leche de fórmula.

Treinta años más tarde la sociedad ha cambiado. Menos mal. No tanto como debiera, pero algo hemos evolucionado. Ahora hay mujeres que pueden elegir, padres (pocos, todavía) que cogen excedencias y se implican en el cuidado de hijos y, sobre todo, ganas de compartir experiencias en redes sociales. No creo que haya muchos más cambios. Lindo asegura que la maternidad es muy vieja. Como la Humanidad misma. E incluso anterior, apostillo. No hemos inventado nada, ni somos mejores ni peores. Cada una lo intentamos hacer lo mejor posible, creo que esa es la máxima de la Maternidad. Y por eso sobran los juicios. Lo explica Cecilia Jan mucho mejor aquí.

Entregarse a la maternidad sin pausa ni tregua es una expresión muy desafortunada. Cada una cría a sus hijos de la mejor manera posible, cada una es la mejor madre que sus hijos pueden tener. Y puede dedicarle todo el tiempo que crea conveniente. No sé si a alguien se le ocurriría decir algo como entregarse a su trabajo de forma agobiante. Seguro que no se entendería la crítica porque cada una emplea el tiempo como considera mejor. Pues eso.


sábado, 12 de marzo de 2016

Las alegrías

Estaba en el primer trimestre de mi primer embarazo. La noche anterior había ido a cenar con El casi Padre de la Criatura y los futuros Tíos Molones. Se acercaba la Navidad y al salir del restaurante y sortear las atestadas calles adornadas del centro recibí un mensaje. Era de un ex alumno que me decía que su padre había fallecido.

Al día siguiente me acerqué al tanatorio. Hacía un día precioso, era un domingo soleado y casi caluroso de diciembre. Aparqué un poco lejos porque el Atlético jugaba a las doce y las calles que rodean la Pradera de San Isidro estaban llenas. Di un breve paseo mientras cogía aire. Era la primera vez que iba a ver a mis alumnos desde septiembre, cuando cambié de centro. No era el mejor momento, claro, pero me hacía mucha ilusión darles un abrazo con mi bebé entre medias.

A Manolo, que así se llamaba el padre, lo conocía poco en persona pero bastante por su hijo. Enfermó unos pocos meses antes, y desde el principio sabían que le quedaba poco tiempo, aunque él se resistía a aceptarlo. Lo vi en junio, en el estreno de una obra de teatro del instituto. Me impresionó, estaba muy delgado y débil. Al saludarlo le palpé los huesos del hombro. A él, un señor alto y fuerte. Cuando se dio la vuelta su mujer se echó a llorar intentando explicarme la situación sin palabras. Me fui del teatro hecha polvo.

Abracé a los alumnos, chicas casi todas. Me abrazaron y me tocaron la barriga. Me pidieron que si era una niña llamara a mi bebé como ellas. Yo sabía que iba a ser un niño, aunque ninguna ecografía me lo había confirmado, pero las sonreí. No estaría mal que mi hipotética hija se les pareciera un poco.

Al entrar a ver a la madre me dijo, sollozando y abrazándome:
-Saber que estabas embarazada fue su última alegría.

Cuando tienes un hijo tu relación con otras personas cambia. De repente te sientes más unido a otras padres, a los tuyos propios, y, sin que signifique nada, puede que te cueste más encontrar tiempo para quedar con viejos amigos.

Pero, sobre todo, te das cuenta del cariño que te tiene otra gente. Gente que te llama para preguntarte por los niños cuando saben que están malitos, que se acuerda de felicitarlos por su cumpleaños o se preocupa cuando vuelven al colegio tras las vacaciones.

Manolo tuvo un solo hijo, ya mayor. Lo quería muchísimo e, imagino, se alegró porque sabía que su hijo me tenía mucho cariño, igual que yo a él. Y sabía que yo ahora iba a ser mamá, y a querer a mi niño como él quería al suyo.

Mi hijo, que sin nacer ya fue capaz de dar alegrías a personas a las que, desgraciadamente, no pudo conocer.

jueves, 4 de febrero de 2016

La casualidad

Fue con todo el asunto Bescansa. Leyendo un comentario a un artículo que hablaba sobre la iniciativa de llevar a su bebé al congreso, me encontré con un blog que me encantó. Sobre maternidad pero escrito con un indudable estilo literario que me era lejanamente familiar.

Leí unas cuantas entradas. Y entonces, de repente, lo vi. La autora participaba en una película. Y uno de los directores era Martín Garzo. Un escritor que me gusta y que me fascinó hace unos años por una novela, Historias de Marta y Fernando, que me quitó el aliento en un viaje en autobús por la carretera de Valencia.

La saqué de la biblioteca por el título, que lleva mi nombre, y la he intentando comprar muchas veces, sin éxito. Me gustaría releerla porque me removió. O quizá sea mejor mantener el recuerdo.

A lo que iba. Resulta que la autora del blog es hija del escritor. Lo más sorprendente es que yo no tenía ese dato. Tengo una memoria peculiar, y en mi base de datos particular figuran la fecha de nacimiento de todos cuantos me rodean. Escritores, cantantes o deportistas incluídos. Y alumnos, por cierto. Y sus familiares. Y no me constaba que Gustavo Martín Garzo tuviera una hija. Le hacía más joven. Estoy perdiendo facultades.

Ese estilo que me parecía reconocer era similar al de su padre. Una forma de escribir que se recrea, que relame las palabras, que cuenta como si estuvieras escuchando.

No he podido leer el blog entero, llevo un mes escasa de tiempo libre, pero me ha gustado mucho. Ha sido una casualidad de las que te hacen creer en el destino. Un paréntesis de la vorágine en la que vivo desde hace un mes.

Que se me olvidaba. Es este.

lunes, 28 de septiembre de 2015

La Maternidad

Parece que la Maternidad está de moda. Cada poco tiempo leo artículos en medios generalistas que se hacen eco de los diferentes puntos de vista sobre la lactancia, la crianza con o sin apego, el colecho o las ventajas e inconvenientes de retrasar la edad para ser madre. Yo hoy he leído esto. (La maternidad es una condena, se titula. Muy fan de la ironía)

El artículo me ha emocionado y he continuado con el que inició la polémica y sus dos respuestas. Aquí y aquí. Me encanta que uno sea una voz masculina, para variar. 

Llevo unos días dándole vueltas precisamente a esta idea ¿Qué significa para mí la Maternidad? 

Ahora mismo es todo. Estoy en un momento de mi vida en que ésta es eso, mi Maternidad. Tengo dos niños pequeños, de casi diez meses y tres años, que ocupan y llenan mis días y gran parte de mis noches. Si tuviese una agenda, posiblemente sólo saldrían sus nombres, y si tengo que contar a alguien cómo me ha ido el día, mi soliloquio se llenaría de Peques y Chicotes. 

¿Por qué he tenido niños? Creo que hay un componente de egoísmo y narcisismo en el hecho de ser padre o madre. Los niños son nuestra mayor creación. Algo a lo que te vas a dedicar en cuerpo y alma unos pocos años y que siempre vas a mirar con orgullo. Una persona a la que ayudas a forjar su carácter, sus principios, sus valores. Que siempre te va a tener ahí ( entonces siempre acuérdate de lo que un día yo escribí pensando en ti como ahora pienso, que dijo el gran Goytisolo ) y que te va a enseñar muchas más cosas de las que te imaginas. Alguien para quien eres todo su mundo al principio. Que te va a mirar con absoluta adoración, que te quiere sin medida, que te necesita. 

Un hijo es una gran responsabilidad. Mucho mayor que cualquier otra cosa que vaya a hacer yo en la vida, de eso estoy segura. Y espero hacer muchas cosas, que conste. 

Desde que decidí quedarme embarazada tuve una cosa clara ( bueno, creí que tenía muchas cosas claras, pero las demás las he ido cambiando, a lo Groucho Marx) y es que me iba a convertir en Madre, así con mayúsculas. Madre que quiere estar con sus hijos, pasar tiempo con ellos, contarles cosas, reírse juntos, abrazarles cuando lloran y consolarles cuando están tristes. Eso lleva tiempo. Y te cambia la vida. Mis amigas siguen siendo mis amigas, pero ahora tengo otras amigas con hijos que me entienden de otra manera. Valoro mucho más a mi familia. No tengo tiempo para mí. Y eso incluye cosas tan básicas como ir a la peluquería, cenar sentada, leer un libro o ver en la tele lo que yo quiero (porque imagino que además de Disney Junior o Clan debe haber más canales) 

Tengo más ojeras, estoy más delgada y duermo muy poco ( nunca pensé que pudiera dormir tan poco, de hecho) pero tengo dos personas que me hacen muy feliz. De una forma tan sencilla, tan sincera, que a veces me pregunto por qué las Madres de todos los tiempos no lo van proclamando a los cuatro vientos, no nos cuentan la maravillosa tarea que han hecho criándonos, educándonos, teniéndonos. 

Cuando nació Chicote me preguntaba cómo era posible que hubiera madres infelices, madres que hablan de otra cosa que no sean sus perfectos bebés. Y mi Chicote, subjetivamente, muy perfecto no era, que el maldito no durmió dos horas seguidas hasta bien pasado el año... Pero tener un hijo te da tal chute de oxitocina que todo lo demás queda atrás. Tu hijo se convierte en el centro de tu vida, desplaza el resto igual que desplazó tus órganos mientras lo gestabas. Los órganos se van recolocando tras el parto, pero tu cuerpo no va a volver a ser el mismo. Con tu vida pasa igual. Seguramente no tengas la tripa tersa otra vez, al menos durante una buena temporada. Tus prioridades también van a cambiar. Imagino que en diez o quince años todo se relativiza, e incluso antes (espero) podrás disfrutar de pequeños placeres como ver una peli que no sea de dibujos animados o cenar con cubiertos que no sean de colorines. 

Pero también estoy segura de que mucho antes echaré de menos estos tiempos en los que mi bebé se echa a llorar si salgo de la habitación, en los que me pierdo cuando se habla de las elecciones catalanas (con lo que yo he sido!) y mis canas piden a gritos un buen tinte. 

Los niños crecen muy deprisa. Y tengo la impresión de que eso es lo que lamentaré dentro de unos años. Eso me dice mi institno

lunes, 21 de septiembre de 2015

El Perpa

Hace unos años, en el instituto en el que trabajaba, había un chico con la mirada dura.  De esos a los que se conoce aunque no los tengas en clase. De esos que te revientan una explicación, una guardia o te destrozan el aula de castigo. Un chico menudo, pequeño para su edad, con cara de niño pero inmune a amenazas y castigos. Era yugoslavo. Bueno, lo había sido, porque nació durante la Guerra de los Balcanes y se había quedado sin patria. Como Kafka. Tenía una hermana mayor, antigua alumna, a la que no conocí, pero de la que contaban relatos con tintes casi legendarios.

Me contaron, a grandes rasgos, la historia de su familia. Habían tenido que huir de su país, eran refugiados. Antes de irse habían vivido cosas muy duras. Lo suficiente para que ese chiquillo tuviera esa mirada y le resbalara todo lo que le pudiéramos decir.

No sé que fue de él. Pero viendo estos días en la tele a esas familias que huyen, que lo dejan todo atrás con niños pequeños en brazos y apenas equipaje, me he acordado del chico duro yugoslavo.

En una entrevista, Millás preguntaba a una cantante cómo le había afectado su reciente maternidad (seguro que de forma mucho más interesante) Ella contestó que todo le afectaba más, porque cada vez que veía un niño pensaba que ese podía ser su hijito. Lo dijo así, hijito, y a mí me pareció una estupidez. Qué equivocada estaba yo.

Cuando eres madre, eres un poco madre de todos. Del alumno que no quiere estudiar y cuya madre te llama desesperada; del niño que en el parque juega solo y al que su madre mira angustiada; del pequeño que va en brazos, intentando cruzar una frontera y sentarse en un sillón como el tuyo, en el que descansas con tu hijo mientras lo ves en televisión.

A veces se nos olvida la suerte que tenemos de haber nacido donde lo hemos hecho, de vivir donde vivimos, de que nuestros hijos vayan a tener unas oportunidades que a otros se les escapan entre los dedos. Qué injusto es el mundo. Y cuánto nos cuesta equilibrar la balanza.

Ojalá alguien se haya parado a ver más allá de la mirada dura del chico yugoslavo.

sábado, 18 de julio de 2015

Los escrúpulos

He de confesarlo. Soy una guarra. No sé si lo he sido siempre y he pasado más de media vida ocultándomelo o si, por el contrario, ha sido una consecuencia más de la Maternidad. Pero el caso es que ahora hago cosas asquerosas a ojos de los demás que a mí me parecen de lo más naturales. E incluso me gustan.

Yo antes no me dedicaba a hurgarle la nariz a nadie en busca de un moco indiscreto. No intentaba sacarlo con el meñique, así, a pelo, mientras la pobre víctima pataleaba e intentaba zafarse. Y me hubiera muerto del asco si ese moco ajeno se me hubiera quedado finalmente pegado al dedo, que es la finalidad de tales maniobras en la actualidad.

Jamás de los jamases animaba a nadie a eructar y aplaudía y celebraba la salida de los gases, como hago ahora.

No me dedicaba a comprobar color, tamaño, olor y textura de las deposiciones ajenas (ni de las propias, oiga) y ahora dedico buena parte del día a analizar cacas infantiles con total deleite. Que las de lactante no huelen, al menos las del mío...

Ahora soy capaz de oler pies, pequeños pero olorosos, y no sólo no me dan arcadas, si no que además los toco, los muerdo y juego con ellos.

Júzguenme y condénenme, pero me temo que ya es muy tarde. He perdido los escrúpulos.


domingo, 12 de julio de 2015

La paciencia

En la única clase preparto a la que asistí cuando estaba embarazada de Peque, la matrona preguntó por lo que pensábamos que se necesitaba para cuidar de un bebé. No se refería a lo material, quería que le dijésemos qué cualidades creíamos que íbamos a necesitar en esta nueva etapa. Yo cité la paciencia, pero ella me dijo que no, que eso no era necesario.

Vaya. Entonces algo me falló a mí con Chicote, porque hubiese dado cualquier cosa ( y todavía la daría) por ser un poco más paciente, por no perder nunca los nervios, por respirar hondo y no desesperarme.

Tener paciencia es bueno. Y complicado. Como tener un bebé. Es algo maravilloso pero también es difícil. No hay instrucciones, no funciona como una regla de tres, es imprevisible y se tarda un poco en comprenderlo.

Mis primeras semanas con Chicote fueron duras. Creo que he comentado que el chaval dormía regular tirando a mal y, tras unas cuantas noches en blanco, la desesperación comienza a adueñarse de una. Recuerdo alguna vez, a las tres, las cuatro o las cinco de la mañana, acunando al bebote con lágrimas en los ojos y pidiéndole por favor que se durmiera. Ahora lo rememoro con una sonrisa en los labios, pero en ese momento no tenía maldita la gracia.

Peque ha sido más tranquilo, yo tenía un poco de experiencia y, sobre todo, sabía (sé) que todo pasa muy deprisa y no merece la pena angustiarse. He tenido alguna noche mala, y las que vendrán, pero cuando el sueño me vence y empiezo a desesperarme procuro pensar en lo rápido que se está pasando todo, y en que dentro de poco no me quedará más que el recuerdo.

Peque tiene siete meses. Está hecho un bollito, dan ganas de achucharle y pegarle pellizquitos. Se ríe, quiere jugar todo el rato y empieza a enfadarse cuando no consigue lo que quiere. Le tengo en brazos casi todo el día, y a veces (no pocas) me gustaría poder quitar la mesa con las dos manos, o comer sin un niño interceptándome las cucharadas, o leer un rato. Entonces miro a su hermano, que ya juega solo, que no me deja elegirle la ropa y que le ha dado por llamarme por mi nombre de pila. Entonces me cargo de paciencia. Y me dan ganas de cogerlos a los dos en brazos.



sábado, 11 de julio de 2015

La responsabilidad

Para conducir hay que sacarse un carné, en cambio, cualquiera puede tener hijos. Ojo, tener hijos, que es un proceso fisiológico que no te convierte necesariamente en padre o madre. Y cualquiera cualquiera quizá no, pero vamos, mucha gente.

Ser padre, así con todas las letras, es otra cosa. Yo creo que casi siempre va unida, ya desde que te haces la ecografía, o sientes las pataditas, o te ponen al recién nacido encima. O va saliendo sola, según pasan los días y te das cuenta de que ese mini ser que sólo come, caga, duerme y llora (y no necesariamente en ese orden de prioridades) depende tanto de ti que es casi una prolongación tuya. Sin el casi.

Es duro. Y hay bebés que lloran más, que duermen menos, alguno incluso que come poco. Y a ratos te desesperas, porque, mira por donde, vienen sin instrucciones. Y siempre hay alguien que te pregunta: pero, ¿por qué llora? Y una intenta respirar hondo y, con la mejor de las sonrisas, contestar: pues mira, no sé, llevo un rato preguntando pero el maldito niño no me lo quiere decir....

Hace unos años tuve una alumna que había tenido un niño a los quince años. Yo era bastante joven por entonces, y la miraba entra admirada y espantada. Era una chica muy guapa, muy dulce, y con una vida bastante dura. Un día me contó que por las tardes le daba mucha pereza tener que cuidar de su hijo mientras sus amigas salían por ahí. Me pareció algo tan natural y tan duro.... Si para un adulto que toma la decisión de ser padre, que lo medita, que pone toda la ilusión del mundo, a veces se hace cuesta arriba, ¿cómo será para una niña?

Pero, a pesar de eso, un bebé es algo tan especial, te hace sentir tan única que te mire, que te busque, que te necesite.... Que hay cosas incomprensibles. Esta es una de ellas.

lunes, 1 de junio de 2015

Los viajes

El Padre de las Criaturas viaja bastante por motivos de trabajo. Normalmente entre semana, muchas veces de lunes a viernes. Y una vez al año, un fin de semana largo a un congreso que se celebra en una ciudad europea. Este año ha tocado Berlín. Vuelve mañana, así que llevo cinco días solita con mis pequeños. Solita del todo, porque mis padres están también de viaje.

Cuando yo era una joven e ingenua adolescente muchas veces bromeaba diciendo que no me importaría ser madre soltera. La Justicia Cósmica me ha dado mi merecido en forma de viajes de trabajo de mi pareja.

Yo paso sola con mis pequeños muchas noches, pero un fin de semana completo me daba respeto. Entre semana tengo las casi cuatro horitas que Chicote va a la guarde para estar con Peque, para hacer la casa o ir a la compra. El sábado hice todo eso con dos niños. Y no fue tan mal.

Mi Chicote se ha portado como el hermano mayor que es. Ha cuidado del pequeñito y no se ha quejado (casi) por ello. Mientras yo acababa de hacer la comida él se sentaba cerca de la hamaquita o de la mantita donde juega Peque y le decía cositas cuando él se quejaba. Y funciona. Es increíble como un bebé de seis meses se vuelve loco con su hermano, lo mira, se ríe con él y grita desesperado para que le haga caso. Y a Chicote le gusta sentirse importante. Creo que pronto van a hacerse amigos.

También les he bañado juntos. Tenía muchas ganas de meterlos a la vez en la bañera. Tengo que sujetar a Peque, que no se sostiene del todo sentadito y que, además, se sobreexcita tanto cuando ve a su hermano cerca que no sé si es más peligroso que se resbale o se atragante con las olas que forma al agitar los brazos. Mientras seco al pequeño, el mayor juega un ratito solo en el agua y después me "ayuda" a preparar la cena. E incluso opina sobre lo que le preparo. Pronto empieza...

La hora de acostarlos es la más dura. Peque tiene sueño y necesita brazos y mimos, pero Chicote quiere cuentos y que me tumbe con él. Al final la hora de ir a la cama se retrasa, el pequeño se desvela y yo ceno casi a medianoche.

Pero estoy muy contenta de haber pasado estos días los tres "solitos". La próxima vez le diré al Padre de las Criaturas que se vaya a un spa en lugar de a un congreso.

viernes, 29 de mayo de 2015

Las amigas

Mis amigas no tienen niños. Me refiero a mis amigas-amigas, aquellas con las que salía cuando salir de casa no implicaba llevar una botella de agua, un paquete de toallitas, unos calzoncillos de recambio y un par de coches de juguete. Eso no quiere decir que ahora sean menos amigas, pero es verdad que nuestros horarios y nuestros hobbies son menos compatibles que hace una década.

Tener niños también implica hacer nuevas amistades. Otro día hablaré del parque, donde paso más tiempo ahora que en mi adolescencia y donde casi tengo otra pandilla. Ya no son mis compañeros de clase, pero tienen hijos de la edad de los míos y eso acaba uniendo casi tanto como compartir los deberes de mates o los apuntes de historia (y lo digo yo, que he compartido muchos de ambos)

Mis amigas de la universidad siguen quedando para tomar cañas, o quizás gin tonics, muchas veces entre semana, cuando salen de sus trabajos al anochecer y se dan una vuelta por el centro. Todos estos conceptos, así, juntos, a mí me suenan a física cuántica: gin tonic, centro, anochecer, entre semana. Ahora estoy más en un momento tobogán, petit suisse, Dora la Exploradora. Y claro, a veces no puedo evitar mirar con un deje de nostalgia el grupo de whatsapp que comparto con ellas, cuando se me escapan algunos de sus comentarios sobre quedadas a las que no he ido o conversaciones en las que no he participado.

Cuando tienes niños muchas cosas cambian. Esto es un tópico tan manido que cuando te quedas embarazada enseguida piensas: a mí no me va a pasar. Pero te pasa. Cambian tus prioridades, cambia tu tiempo, cambia tu relación con tu madre. No sabes dónde se sale a cenar porque tú sólo vas a comer a sitios con tronas. No sabes qué música está de moda porque pasas meses escuchando los Cantajuegos (menos mal que ya he pasado esa etapa. Tenía pesadillas con el cocodrilo que se metió en su cueva y con tazas, teteras y resto de vajillas)

Así que sí, confieso, a veces echo de menos mi vida de hace unos años. Me pasa en momentos puntuales, cuando a la hora de ir a la cama mis dos retoños se ponen a llorar a la vez o estoy cambiando el pañal a uno mientras el otro me reclama porque necesita ir al váter. Echo de menos quedar en Tribunal con mis amigas, que lleguen un poco tarde y esperar en la boca del metro viendo salir a la gente.

Menos mal que puedo comentar con ellas los resultados de la noche electoral, leerlas aquí o aquí, seguirlas por estos lares o estos otros, intentar verlas de vez en cuando y mandarles fotos de mis churumbeles, a ver si se animan...

martes, 12 de mayo de 2015

El bebé

Acaba de nacer el bebé de unos amigos. He visto la foto hace un ratito. Un recién nacido con gorrito, con las manitas arrugadas y los ojos abiertos. Con esa carita hinchada que tienen los recién nacidos. Con la boquita entreabierta.

Me acuerdo de cuando nacieron mis bebés. De como se detiene el tiempo cuando los ves por primera vez, los hueles y te los ponen encima. La última vez que me ocurrió fue hace cinco meses y medio. Toda una vida. La de mi Peque, que dentro de poco se sentará en su trona a comer con cuchara, empezará a gatear y a quitarle los juguetes a su hermano. Pero.. ¡si no me he enterado! Si hace un segundo estaba en el hospital, esperando a tenerlo en brazos.

Hace unos días una amiga me comentaba lo raro que es pensar en que nunca más vivirás esos momentos tan especiales del embarazo, de notar las pataditas, de dar a luz... Hay muchas cosas en la vida que pasan tan deprisa que cuando nos queremos dar cuenta ya pertenecen al pasado. Los bebés son una de ellas. Hay que aprovechar esos primeros años, todas las primeras veces. Porque para los nietos queda mucho todavía.

lunes, 4 de mayo de 2015

Los tres

Hoy mi niño mayor cumple tres años. Tres añazos. Qué rápido ha pasado. Cuánto ha crecido. Cómo hemos cambiado.

Hace exactamente tres años se me pasaban muchas cosas por la cabeza. Pensaba que la epidural era uno de los mejores inventos de la Humanidad. Pensaba que no iba a tener fuerzas para empujar cuando tuviera que hacerlo. Pensaba que parir dolía mucho. Pensaba que quizá mi hijo tardaría aún un par de días en salir. Pensaba en beber agua. Pensaba en que si tenía otro niño sería adoptado.

Luego te ponen al bebé encima y todo se para. Yo tuve un subidón de oxitocina que me hizo enamorarme al instante y que todo lo demás pasara a un segundo plano. Incluso le di las gracias a la borde de la ginecóloga que me atendió. Esa que me dijo que no gritara, que los fórceps no me podían estar doliendo.

Las primeras semanas todo era un caos, nunca había estado tan cansada. Poco a poco (bastante poco a poco, o esa era mi impresión) se van cogiendo ritmos, mi bebote me iba conociendo, y yo a él. De repente llegan las papillas, los juegos, el gateo, se pone de pie, balbucea, cumple el primer año y te das cuenta de lo rápido que ha pasado.

El segundo año lo acaba hablando, es ya una persona que corre, juega y tiene sus propias ideas. Y sus amigos. Y sus gustos. Ya no es tu bebé.

Y ahora van tres. Mi Chicote ha cumplido tres añazos, tres añitos. Ha elegido su tarta de las Tortugas Ninja, nos ha pedido un disfraz de Spiderman (pronunciado Espaiderman) y se ha cantado el Cumpleaños Feliz un montón de veces.

Se va haciendo grande, como le gusta decir alzando consecutivamente los deditos de su mano y explicando los años que va a ir cumpliendo. Mi pequeño está creciendo muy deprisa.

viernes, 24 de abril de 2015

La vuelta

Hace un  par de días me encontré en el súper con una amiga a la que no veía desde la primera y única clase preparto a la que asistí en mi segundo embarazo. Su niño tiene seis meses y ella ya se había incorporado al trabajo.

Tengo la suerte, en estos tiempos que corren, de poder alargar mi exiguo permiso maternal. Con mi Chicote esperé hasta sus once meses para dejarlo en la guarde y volver al tajo. Con el Peque voy a esperar a enero, así que habrá cumplido ya de sobra el añito cuando me tenga que separar de él.

Los tres meses que me quedaban para las vacaciones de verano cuando dejé a mi hijo mayor en la escuela infantil fueron los más duros de mi vida. La separación nos costó horrores. El primer día no lloró, no se lo esperaba ni se enteraba de qué iba el rollo. Pero luego... Niño llorando, madre culpabilizándose y semanas a todo correr. Creo que ya he comentado que Chicote duerme normal tirando a fatal, así que muchos días yo me iba a trabajar con un par de horas de sueño. Una vez reventé dos ruedas del coche al meterme en un socavón, cuando mi estado zombi rozaba ya dimensiones apoteósicas.

Muchas madres me cuentan que sus niños todavía no extrañaban cuando tuvieron que volver a sus puestos de trabajo. En una de las guardes que visité antes de decidirme me dijeron que era mala idea que me cogiera excedencia y alargara el permiso más de ocho meses, porque al niño le costaría mucho más adaptarse. Bastante ojiplática, decidí descartar ese centro de inmediato. Razón no le faltaba a la directora, desde luego, mi hijo habría llorado menos si le hubiese dejado con cuatro meses pero, ¿cómo me habría sentido yo?

Es respetable, faltaría más, que cada uno se incorpore cuando quiera al trabajo. Habrá gente que se vuelva loca en casa y que esté deseando volver a su anterior vida (o a lo que quede de ésta) y otras personas a las que nos cuesta más dejar en casa lo que se ha convertido en nuestro mundo y volver a la realidad. Cuando regresé al instituto lo pasé mal, no me acuerdo mucho de esos tres meses y a veces me pregunto cómo lo hice para dar clases sin dormir, para corregir en casa con mi pequeño que no quería separarse de mí y para sobrevivir a todos los virus de la guarde que cogí y que me dejaron con cinco kilos menos.

A pesar de todo, en septiembre, cuando comenzó otro curso, las cosas volvieron poco a poco a la normalidad y me reconcilié con mi trabajo, con mis alumnos y con el mundo. Estaba contenta de salir de casa, de hacer cosas que me gustaban y de encontrarme con mi niño a las tres, una hora bastante decente dentro de lo que se estila en nuestro país.

Esta vez alargaré la excedencia (que es tiempo sin cobrar, por cierto, ni un duro desde hace ya unas
semanas, y aún así soy casi una privilegiada por poder planteármelo económica y laboralmente) y acompañaré a Chicote al cole en su primer trimestre todas las mañanas para volverme a casita y disfrutar de Peque. Qué suerte haber podido elegir. Y qué pena que sea una suerte.

jueves, 16 de abril de 2015

La episiotomía



Episiotomía es una de esas palabras que nunca había empleado hasta quedarme embarazada. Igual que periné, discos absorbentes de lactancia, calostro o fontanelas. ¡Bienvenida al léxico maternal!

Hace un montón de años, un amigo que estudiaba enfermería y estaba haciendo las prácticas en el paritorio, me explicó, de manera bastante explícita, lo que más le había sorprendido de los partos. A mí se me grabaron en la mente dos cosas. La primera es de lo más escatológica, porque él me aseguraba que a las parturientas las ponían un enema para evitar que se cagasen mientras parían. Yo no me lo acababa de creer, pero luego me he enterado de que no es tan raro que esto último ocurra. Yo tuve la enorme suerte de vomitar tanto durante mi primer parto que no me tuvieron que administrar ningún laxante. Qué bien, ¿eh?

Lo segundo fue lo de la episiotomía, que él no llamó así. Me aseguró que, directamente, te rajaban y, tras echarme un vistazo, añadió que con lo delgadita que era yo, a mí me rajarían seguro si tenía un hijo alguna vez. ¿Qué te rajan? ¿Cómo que te rajan? Le preguntaba yo, que no daba crédito y aun me estaba recuperando de lo de cagarte viva en medio del parto. También fue bastante explícito, pero me está entrando la flojera al recordarlo y creo que voy a parar aquí.

El caso es que la episiotomía es muy desagradable. No en el momento, porque yo no me enteré, pero sí en las consecuencias.

Con los casi cuatro kilitos de peso de mi Chicote y los cuarenta y cinco que pesaba yo antes del embarazo, podéis imaginar la desproporción de la situación. Mi niño salió con fórceps y bastante dolor, pero en menos de un minuto de empezar la intervención ya le tenía en mi pecho. Casi no me lo creía.

Luego tuvieron que sacarme la placenta y que coserme. La matrona nos dijo en las clases preparto que de eso ni nos enterábamos de lo contentas que estaríamos con nuestro bebé en brazos. Mentira podrida. Me enteré perfectamente. Y me dolió. Fueron tres cuartos de hora muy largos, con las piernas atadas a los estribos de la camilla y dos mujeres comentando el programa que se había grabado unas semanas antes en el hospital (Baby Boom) y cosiéndome los entresijos. Yo miraba la cara del Padre de la Criatura y no podía más que preocuparme, porque estaba cada vez más serio. Menos mal que tenía a mi niño en el pecho, abriendo los ojitos al mundo e, imagino, preguntándose qué era todo ese nuevo escándalo alrededor.

No me quisieron decir los puntos que me dieron (vaya, yo que siempre he oído hablar de cicatrices juntando el número de puntos correspondientes, para darles valor a éstas) pero sí me dijeron que me habían cosido en tres sitios: cara interna es el único que recuerdo. No me preguntéis la cara interna de qué.

Las cuarenta y ocho que pasé ingresada después no paró de entrar gente distinta en la habitación y de mirarme la entrepierna. Que, por cierto, estaba sangrando, y la única manera de contener esa hemorragia es con compresas tocológicas, un eufemismo para referirse a enormes masas de celulosa que me impedían juntar las piernas pero me facilitaban un blando asiento allá donde iba.

Los puntos tardaron tanto en caer que ya pensaba que me acompañarían siempre, igual que las compresas y las bragas de papel, fatales para el medio ambiente pero estupendas para el follón de los primeros días en casa. Como veis, un nacimiento no es todo cigüeñitas y flores.

Ir al baño pensando en lo que tienes ahí abajo es otra aventura. Hacer pis me costó unas cuantas horas. Lógico, porque no te dejan beber agua hasta dos horas después de que acabe el parto, y ya he contado que vomité cuatro veces. Me daba un poco de miedo, pero no me escoció, así que me quedé tranquila. Además, después del embarazo, me parecía que no necesitaba hacer pis apenas.

Los puntos se me cayeron, y pude volver a las compresas de toda la vida, porque seguí sangrando más de un mes. Me parece mentira que pasemos por todas esas molestias después de parto y que apenas las recordemos luego. ¡Figuraos el trabajo que dan los bebitos! Después de unas cuantas semanas reuní valor y me miré la cicatriz. He de decir que no se notaba tanto, y que, aunque se notase, está en un lugar bastante discreto, claro. Pero sí que la sentía a menudo. Puede que sea sicosomático, porque soy algo hipocondríaca, pero de vez en cuando percibía algún tironcillo de la piel y sabía que eran los puntos, la cicatriz que me recordará siempre que tuve una vez un bebé que salió de mis entrañas. Entonces me parece hasta bonita.

lunes, 30 de marzo de 2015

El Peque

Mi Peque ha cumplido hoy cuatro meses. Además, hoy hace un año que supe a ciencia cierta que estaba embarazada. ¡Un año!

El segundo embarazo es muy diferente al primero. Con mi Chicote yo tuve todo el tiempo del mundo para dedicarme a mi incipiente barriga: paseos, natación, música clásica, lecturas.... Con mi Peque pasaron los nueve meses y fui a pasear dos tardes, a clases preparto una vez (y mi niño mayor casi pierde un diente en la hora y media que no estuve a su lado) y a nadar alguna mañana de las últimas semanas.

No tienes la emoción de la novedad que te da el primero. En el primer embarazo No sabes cuánto vas a engordar, cómo va a cambiar tu cuerpo, cuándo vas a sentir que se mueve.... Todo son compras de cositas pequeñas, catálogos y visitas al médico. Con el segundo ya tienes de todo, yo lo que hice fue tirar algunas cosas que ni siquiera había estrenado. Dejé de pesarme en el séptimo mes (demasiado aguanté) y lo único que quería cuando daba patadas mi Peque era que su hermano lo notara. Casi no tengo fotos embarazada en comparación con la vez anterior, cuando me retrataba todas las semanas en la misma postura y frente a la misma pared.

Pero mi Peque segundón ha resultado ser un niño perfecto desde que nació. No solo es precioso (menudo mérito que diga eso una madre), es que desde el parto lo hizo todo fácil.

Su llegada al mundo fue uno de los mejores momentos de mi vida. Las noches de hospital, casi una estancia en un hotel al lado de la experiencia anterior. Duerme como un bendito, casi no llora, no se queja apenas.... No podría haber soñado con un niño más perfecto.

A sus cuatro meses recién cumplidos se ha dado ya la vuelta solito tres veces, te sonríe sin parar (bueno, sobre todo a mí, y eso me llena de orgullo maternal), se carcajea si le dices cositas, te agarra con fuerza cuando lo coges y duerme fenomenal.

Estoy enamorada. Pensé que no me pasaría otra vez, y menos a mi edad. Pero mi Peque lo ha conseguido. Le quiero. Tanto.